domingo, 11 de agosto de 2013

Music: Nick Drake - Pink Moon Full Album Vinyl - Photos - Bio Links













video


Nick Drake - Pink Moon Full Album Vinyl



Released: 1972

Label: Island

Track Listing

Side 1
1) Pink Moon
2) Place To Be
3) Road
4) Which Will
5) Things Behind The Sun

Side 2
1) Know
2) Parasite
3) Ride
4) Harvest Bread
5) From The Morning

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  1. Nick Drake - Wikipedia, la enciclopedia libre

    es.wikipedia.org/wiki/Nick_Drake
    Nicholas Rodney Drake (19 de junio de 1948 - 25 de noviembre de 1974), más conocido como Nick Drake, fue un cantautor y músico inglés, nacido en ...
  2. Nick Drake - Wikipedia, the free encyclopedia

    en.wikipedia.org/wiki/Nick_DrakeTraducir esta página
    Nicholas Rodney "Nick" Drake (19 June 1948 – 25 November 1974) was an English singer-songwriter and musician, known for his gentle guitar-based songs.
  3. Nick Drake.com

    www.nickdrake.com/Traducir esta página
    Nick Drake.com for fans and musicians. Tab, tunings, albums, mp3, mp3s, biography and more.
     




Music: Nick Drake - Pink Moon Full Album Vinyl - Photos - Bio Links




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Cuento: Cesar Pavese - Años - Links













Años


De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:

-¿Con qué finalidad? -Hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:

-Es bonito ser sinceros, como nosotros.

-¡Oh, Silvia! -susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?

Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.

-Bobo -dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.

-Tú eres como una prostituta -le dije- y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos.

-¿Estás mejor ahora que lo has dicho? -me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo:

-Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.

Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.

FIN














Español:
Poesia

Cuento


Italiano:
 
 




Cuento: Cesar Pavese - Años - Links




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Painter: Alfred Sisley - Part 2 - Links to precedent part






Alfred Sisley 
A Cardiff Shipping Lane

 
Alfred Sisley 
The Sevres Bridge 

 
Alfred Sisley
 The Station at Sevres

 
Alfred Sisley The Thames with Hampton Court

 
Alfred Sisley 
The Tugboat

 
Alfred Sisley 
The Village of Moret, Seen from the Fields

 
Alfred Sisley 
The Watering Place at Marly

 
Alfred Sisley 
Two Women Walking along the Riverbank

 
Alfred Sisley 
Under the Bridge at Hampton Court

 
Alfred Sisley 
View of Marly-le-Roi from House at Coeur-Colant

 
Alfred Sisley 
View of Marly-le-Roi

 
Alfred Sisley 
View of Montmartre from the Cite des Fleurs

 
Alfred Sisley View of Moret-sur-Loing through the Trees

 
Alfred Sisley View of Saint-Mammes









Links
 




Painter: Alfred Sisley - Part 2 - Links to precedent part




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Cuento: Vicente Blasco Ibañez - La condenada - Links a más cuentos












La condenada


Catorce meses llevaba Rafael en la estrecha celda. Tenía por mundo aquellas cuatro paredes de un triste blanco de hueso, cuyas grietas y desconchaduras se sabía de memoria; su sol era el alto ventanillo, cruzado por hierros; y del suelo de ocho pasos, apenas si era suya la mitad, por culpa de aquella cadena escandalosa y chillona, cuya argolla, incrustándose en el tobillo, había llegado casi a amalgamarse con su carne.

Estaba condenado a muerte, y mientras en Madrid hojeaban por última vez los papelotes de su proceso, él se pasaba allí meses y meses enterrado en vida, pudriéndose como animado cadáver en aquel ataúd de argamasa, deseando como un mal momentáneo, que pondría fin a otros mayores, que llegase pronto la hora en que le apretaran el cuello, terminando todo de una vez.

Lo que más le molestaba era la limpieza; aquel suelo, barrido todos los días y bien fregado, para que la humedad, filtrándose a través del petate, se le metiera en los huesos; aquellas paredes, en las que no se dejaba parar ni una mota de polvo. Hasta la compañía de la suciedad le quitaban al preso. Soledad completa. Si allí entrasen ratas, tendría el consuelo de partir con ellas la escasa comida y hablarles como buenas compañeras; si en los rincones hubiera encontrado una araña, se habría entretenido domesticándola.

No querían en aquella sepultura otra vida que la suya. Un día, ¡cómo lo recordaba Rafael!, un gorrión asomó a la reja cual chiquillo travieso. El bohemio de la luz y del espacio piaba como expresando la extrañeza que le producía ver allá abajo aquel pobre ser amarillento y flaco, estremeciéndose de frío en pleno verano, con unos cuantos pañuelos anudados a las sienes y un harapo de manta ceñido a los riñones. Debió de asustarle aquella cara angustiosa y pálida, con una blancura de papel mascado; le causó miedo la extraña vestidura de piel roja, y huyó, sacudiendo sus plumas como para librarse del vaho de sepultura y lana podrida que exhalaba la reja.

El único rumor de la vida era el de los compañeros de cárcel que paseaban por el patio. Aquellos, al menos, veían cielo libre sobre sus cabezas, no tragaban el aire a través de una aspillera; tenían las piernas libres y no les faltaba con quién hablar. Hasta allí dentro tenía la desgracia sus gradaciones. El eterno descontento humano era adivinado por Rafael. Envidiaba él a los del patio, considerando su situación como una de las más apetecibles; los presos envidiaban a los de fuera, a los que gozaban libertad; y los que a aquellas horas transitaban por las calles, tal vez no se considerasen contentos con su suerte, ambicionando ¡quién sabe cuántas cosas!... ¡Tan buena que es la libertad!... Merecían estar presos.

Se hallaba en el último escalón de la desgracia. Había intentado fugarse perforando el suelo en un arranque de desesperación, y la vigilancia pesaba sobre él incesante y amenazadora. Si cantaba, le imponían silencio. Quiso divertirse rezando con monótono canturreo las oraciones que le enseñó su madre y que solo recordaba a trozos, y le hicieron callar. ¿Es que intentaba fingirse loco? A ver, mucho silencio. Le querían guardar entero sano de cuerpo y espíritu para que el verdugo no operase en carne averiada.

¡Loco! No quería serlo; pero el encierro, la inmovilidad y aquel rancho escaso y malo acababan con él. Tenía alucinaciones; algunas noches, cuando cerraba los ojos, molestado por la luz reglamentaria, a la que en catorce meses no había podido acostumbrarse, le atormentaba la estrafalaria idea de que durante el sueño sus enemigos, aquellos que querían matarle y a los que no conocía, le habían vuelto el estómago al revés; por esto le atormentaba con crueles pinchazos. De día pensaba siempre en su pasado; pero con memoria tan extraviada, que creía repasar la historia de otro.

Recordaba su regreso al pueblo natal, después de su primera campaña carcelaria por ciertas lesiones; su renombre en todo el distrito, la concurrencia de la taberna de la plaza admirándole con entusiasmo:

«¡Qué bruto es Rafael!» La mejor chica del pueblo se decidía a ser su mujer, más por miedo y respeto que por cariño; los del Ayuntamiento le halagaban, dándole escopeta de guarda rural, espoleando su brutalidad para que la emplease en las elecciones; reinaba sin obstáculos en todo el término; tenía a los otros, los del bando caído en un puño, hasta que, cansados estos, se ampararon de cierto valentón que acababa de llegar también de presidio, y lo colocaron frente a Rafael. ¡Cristo! El honor profesional estaba en peligro: había que mojar la oreja a aquel individuo que le quitaba el pan. Y como consecuencia inevitable, vino la espera al acecho, el escopetazo certero y el rematarlo con la culata para que no chillase ni patalease más.

En fin: ¡cosas de hombres! Y como final, la cárcel, donde encontró antiguos compañeros; el juicio, en el cual todos los que antes le temían se vengaron de los miedos que habían pasado declarando contra él: la terrible sentencia y aquellos malditos catorce meses aguardando que llegase de Madrid la muerte que, por lo que se hacía esperar, sin duda, venía en carreta.

No le faltaba valor. Pensaba en Juan Portela, en el guapo Francisco Esteban, en todos aquellos esforzados paladines cuyas hazañas, relatadas en romance, había escuchado siempre con entusiasmo, y se reconocía con tanto redaño como ellos para afrontar el último trance. Pero algunas noches saltaba del petate como disparado por oculto muelle, haciendo sonar su cadena con triste repiqueteo. Gritaba como un niño, y al mismo tiempo se arrepentía, queriendo ahogar inútilmente sus gemidos. Era otro el que gritaba dentro de él; otro al que hasta entonces no había conocido, que tenía miedo y lloriqueaba, no calmándose hasta que bebía media docena de tazas de aquel brebaje ardiente de algarrobas e higos que en la cárcel llamaban café.

Del Rafael antiguo que deseaba la muerte para acabar pronto no quedaba más que la envoltura. El nuevo formado dentro de aquella sepultura, pensaba con terror que ya iban transcurridos catorce meses, y forzosamente estaba próximo el fin. De buena gana se conformaría a pasar otros catorce en aquella miseria.

Era receloso; presentía que la desgracia se acercaba; la veía en todas partes: en las caras curiosas que asomaban al ventanillo de la puerta; en el cura de la cárcel, que ahora entraba todas las tardes, como si aquella celda infecta fuera el lugar mejor para hablar con un hombre y fumar un pitillo. ¡Malo, malo!

Las preguntas no podían ser más inquietantes. ¿Que si era buen cristiano? Sí, padre. Respetaba a los curas, nunca los había faltado en tanto así; y de la familia no había qué decir; todos los suyos habían ido al monte a defender al rey legítimo, porque así lo mandó el párroco del pueblo. Y para afirmar su cristianismo, sacaba de entre los guiñapos del pecho un mazo mugriento de escapularios y medallas. Después, el cura le hablaba de Jesús, que, con ser Hijo de Dios, se había visto en situación semejante a la suya, y esta comparación entusiasmaba al pobre diablo. ¡Cuánto honor!... Pero, aunque halagado por tal semejanza, deseaba que se realizase lo más tarde posible.

Llegó el día en que estalló sobre él como un trueno la terrible noticia. Lo de Madrid había terminado. Llegaba la muerte, pero a gran velocidad, por el telégrafo.

Al decirle un empleado que su mujer, con la niña que había nacido estando él preso, rondaba la cárcel pidiendo verle, no dudó ya. Cuando aquella dejaba el pueblo, es que la cosa estaba encima. Le hicieron pensar en el indulto, y se agarró con furia a esta última esperanza de todos los desgraciados. ¿No lo alcanzaban otros? ¿Por qué no él? Además, nada le costaba a aquella buena señora de Madrid librarle la vida: era asunto de echar una firmica.

Y a todos los enterradores oficiales que por curiosidad o por deber lo visitaban: abogados, curas y periodistas, les preguntaba, tembloroso y suplicante, como si ellos pudieran salvarle:

-¿Qué les parece? ¿Echará la firmica?

Al día siguiente lo llevarían a su pueblo, atado y custodiado, como una res brava que va al matadero. Ya estaba allá el verdugo con sus trastos. Y aguardando el momento de salida para verlo, se pasaba las horas a la puerta de la cárcel la mujer, una mocetona morena, de labios gruesos y cejas unidas, que, al mover su hueca faldamenta de zagalejos superpuestos, esparcía un punzante olor de establo. Estaba como asombrada de estar allí; en su mirada boba leíase más estupefacción que dolor; y únicamente al fijarse en la criatura agarrada a su enorme pecho derramaba algunas lágrimas.

-¡Señor! ¡Qué vergüenza para la familia! ¡Ya sabía ella que aquel hombre terminaría así! ¡Ojalá no hubiese nacido la niña!

El cura de la cárcel intentaba consolarla. Resignación. Aún podía encontrar, después de viuda, un hombre que la hiciese más feliz. Esto parecía enardecerla, y hasta llegó a hablar a su primer novio, un buen chico, que se retiró por miedo a Rafael, y que ahora se acercaba a ella en el pueblo y en los campos, como si quisiera decirle algo.

-No; hombres no faltan -decía tranquilamente con un conato de sonrisa-. Pero soy muy cristiana, y si cojo otro hombre, quiero que sea como Dios manda.

Y al notar la mirada de asombro del cura y de los empleados de la puerta, volvió a la realidad, reanudando su difícil lloro.

Al anochecer llegó la noticia. Sí que había firmica. Aquella señora que Rafael se imaginaba allá en Madrid con todos los esplendores y adornos que el Padre Eterno tiene en los altares, vencida por telegramas y súplicas, prolongaba la vida del sentenciado. El indulto produjo en la cárcel un estrépito de mil demonios, como si cada uno de los presos hubiese recibido la orden de libertad.

-Alégrate, mujer -decía en el rastrillo el cura a la mujer del indultado-. Ya no matan a tu marido, no serás viuda.

La muchacha permaneció silenciosa, como si luchara con ideas que se desarrollaban en su cerebro con torpe lentitud.

-Bueno -dijo al fin tranquilamente-. ¿Y cuándo saldrá?

-¡Salir!... ¿Estás loca? Nunca. Ya puede darse por satisfecho con salvar la vida. Irá a África, y como es joven y fuerte, aún puede ser que viva veinte años.

Por primera vez lloró la mujer con toda su alma, pero su llanto no era de tristeza; era de desesperación, de rabia.

-Vamos, mujer -decía el cura, irritado-. Eso es tentar a Dios. Le han salvado la vida, ¿lo entiendes? Ya no está condenado a muerte... ¿Y aún te quejas?

Cortó su llanto la mocetona. Sus ojos brillaron con expresión de odio.

-Bueno; que no lo maten...; me alegro. Él se salva; pero yo, ¿qué?...

Y, tras larga pausa, añadió entre gemidos, que estremecían su carne morena, ardorosa y de brutal perfume:

-Aquí, la condenada soy yo.

FIN

La condenada y otros cuentos, 1900
















Links
 
 




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Photos - Fotos: Cristina Garcia Rodero - Venezuela - Maria Lionza. La Diosa de los ojos de agua - Part 5 - 18 photos - Links









Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2007. 
The river Yaracuy on the sacred mountain of Sorte

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2007

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
A collective vigil for those partaking in the initiation.

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
A medium in a trance

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Crying during the vigil

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Invocation of the mediums in the pit


Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Offerings for the Queen

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Oracle for the initiates.

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Possessed.

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Possessed

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Protection for the medium.

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
The Cry of the spirit

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
The offering of oneself

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
The receipt of spiritual fluids.

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Young girl with eyes of water

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2008. 
Yubeisy Naibeth presents her fifteen years to the queen Maria Lionza

 
Cristina Garcia Rodero 
VENEZUELA. Yaracuy state. Sorte mountain. Maria Lionza cult. 2007.
The spirit of death.










Photos - Fotos: Cristina Garcia Rodero - Venezuela - Maria Lionza. La Diosa de los ojos de agua - Part 5 - 18 photos - Links




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NASA: Canada - At the Intersection of Clouds and Smoke - The Canadian Interagency Forest Fire Center report - Links - 08.11.13







At the Intersection of Clouds and Smoke
acquired July 29, 2013 download large image (6 MB, JPEG, 4672x6228)
At the Intersection of Clouds and Smoke
acquired July 30, 2013 download large image (5 MB, JPEG, 5600x4400)
In late July 2013, numerous wildfires burned through boreal forests in northern Canada. On July 29 and 30, 2013, the Moderate Resolution Imaging Spectroradiometer (MODIS) on NASA’s Aqua and Terra satellites acquired these images of a large smoke plume spreading south over the Hudson Bay. The Canadian Interagency Forest Fire Center reported 21 uncontrolled fires burning in Manitoba and 6 burning in Nunavut on July 30.
The satellite images from MODIS and other sensors got the attention of a community of wildfire and remote sensing experts who monitor major fires for signs of pyrcocumulus clouds, towering cumulus clouds triggered by fires that can send smoke as high as the stratophere. When Raymond Hoff saw the images, he saw no evidence of pyrocumulus clouds. But the atmospheric scientist from the University of Maryland at Baltimore County saw something else peculiar: it looked like the smoke had cut a strip of fair weather through the otherwise cloudy scene.
Images from MODIS, which only show the top of the smoke and clouds during twice daily overpasses, are not enough to definitively confirm what had happened. But the physics of the phenomenon are understood well enough for Hoff to think it was a possibility. For more than a decade, atmospheric scientists have noticed and reported examples of smoke and other pollution particles suppressing clouds.
Andrew Ackerman, a scientist at NASA’s Goddard Institute for Space Studies, was among the first scientists to describe the “cloud burning” effect of dark soot particles within haze over the northern Indian Ocean. In a study published in 2000, Ackerman and colleagues explained how particles known as black carbon, readily absorb energy from sunlight, warming the layer of smoky air and reducing the relative humidity of smoke plumes. This causes existing clouds to break down more rapidly than they otherwise would. The particles can also prevent new clouds from forming by interfering with the normal rising and cooling of moist air, one of the key processes that fuels clouds.
But is that what was happening over Hudson Bay in July 2013? After reviewing the MODIS imagery, as well as data collected by CALIPSO, a satellite that can measure the height of clouds and the particles within smoke plumes, Ackerman was not convinced. The CALIPSO data revealed that smoke was mingling with clouds to the south of the plume, but the layer of clouds to the north was significantly higher, suggesting the clear area may simply be a gap between the two cloud layers.
“Bottom line: It is possible that we’re simply looking at a coincidence,” explained Ackerman.
NASA image courtesy the LANCE/EOSDIS MODIS Rapid Response Team at NASA GSFC. Caption by Adam Voiland.
Instrument: 
Aqua - MODIS










NASA: Canada - At the Intersection of Clouds and Smoke - The Canadian Interagency Forest Fire Center report - Links - 08.11.13




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