viernes, 6 de agosto de 2010

Poesía: Virgilio - La Eneida - Libro VI - Links


Virgilio 
Da Veterum illustrium philosophorum etc. 
Imagines (1685) di Giovanni Pietro Bellori 
(Roma 1613-1696)



LIBRO VI


Así dice entre lágrimas, y suelta riendas a la flota

y al fin se aproxima a las playas eubeas de Cumas.

Vuelven las proas al mar; con tenaz diente entonces

sujetaba el áncora las naves y las curvas popas

cubren la ribera. El grupo de muchachos salta impaciente

a la playa de Hesperia; unos buscan las semillas del fuego

que se ocultan en las venas del sílex, otros se dirigen a los bosques,

tupida morada de las fieras, y señalan los ríos que van encontrando.

El piadoso Eneas por su parte la roca busca que preside

el alto Apolo y el apartado retiro de la horrenda Sibila,

la enorme gruta, a quien la mente grande y el corazón

inspira el vate Delio y descubre el futuro.

Ya entran en los bosques de Trivia y en los techos de oro.

Dédalo, según es fama, huyendo del reino de Minos

osó lanzarse al cielo con plumas veloces

por un camino nuevo y bogó hasta las Osas heladas,

y sobre la roca calcídica se detuvo al fin suavemente.

En cuanto regresó a estas tierras te consagró, Febo,

los remos de sus alas y te levantó un templo enorme.

En las puertas la muerte de Andrógeo; los Cecrópidas luego

obligados a pagar el castigo (¡qué desgracia!) todos los años

de siete de sus hijos; allí se ve la urna con las suertes echadas.

Enfrente corresponde asomando por el mar la tierra cnosia:

aquí el amor salvaje por el toro y uniéndosele a escondidas

Pasífae, y la híbrida estirpe y la prole biforme,

ahí está, el Minotauro, testimonio de una Venus nefanda.

Aquí la famosa construcción de la casa y el laberinto intrincado;

pero apiadado del gran amor de la princesa,

el propio Dédalo le descubre las trampas del edificio y sus revueltas,

guiando con el hilo sus ciegos pasos. Tú también parte

grande en obra tamaña -si el dolor lo quisiera-, Ícaro, tendrías.

Dos veces había intentado cincelar en oro tu caída,

dos veces cayeron las manos de tu padre. Todo lo recorrerían

con sus ojos de no ser porque Acates, enviado por delante,

regresa y con él la sacerdotisa de Febo y de Trivia,

Deífobe de Glauco, que así dice al rey:

«No es éste para ti el momento de mirar estampas;

ahora mejor será sacrificar siete novillos de un rebaño

intacto y otras tantas ovejas escogidas según la costumbre.»

Así dijo a Eneas (y no retrasan los hombres las sagradas

órdenes) y convoca a los teucros la sacerdotisa al alto templo.

El flanco inmenso de la roca eubea se abre en un antro

al que llevan cien amplias entradas, cien bocas,

por donde salen otras tantas voces, respuestas de la Sibila.

Habían ya llegado al umbral cuando dice la virgen: «Es el momento

de buscar los hados. ¡El dios, he aquí al dios!» Mientras esto decía

delante de la puerta, de pronto, ni su gesto ni el color

ni la compuesta cabellera eran ya iguales; el pecho anhelante

se hincha de rabia y el fiero corazón, y parece más grande

y no suena como mortal, porque está inspirada por el numen

del dios, ya más cerca. «¿Dudas en tus votos y plegarias,

troyano Eneas? ¿Dudas? Pues bien, no antes han de abrirse

las grandes bocas de esta atónita casa.» Y dicho esto

se calló. Un helado temblor corrió por los duros

huesos de los teucros, y saca el rey sus preces de lo hondo del pecho:

«Febo, que siempre te apiadaste de las pesadas fatigas de Troya,

que dirigiste la mano y las flechas dardanias de Paris

contra el cuerpo del Eácida. A tantos mares que circundan

grandes tierras me hice bajo tu guía y hasta los apartados

pueblos de los masilos y los campos que se extienden frente a las Sirtes:

por fin, abrazamos ya las huidizas riberas de Italia.

¡Sólo hasta aquí nos haya seguido la mala fortuna de Troya!

Que justo es que también vosotros perdonéis de Pérgamo a la raza,

las diosas ylos dioses todos, a los que estorbó Ilión y la gloria

sin par de Dardania. Y tú, santísima vidente,

sabedora del porvenir, concede a los teucros (y no pido reinos

no debidos a mis hados) instalarse en el Lacio

y a sus dioses errantes y a los agitados númenes de Troya.

Entonces a Febo y a Trivia un templo de sólido mármol

consagraré y unos días de fiesta con el nombre de Febo.

También a ti te aguarda en nuestro reino un gran santuario:

pues aquí yo tus suertes y los secretos destinos

anunciados a mi pueblo depositaré y te consagraré, madre,

varones escogidos. Sólo no confíes tus vaticinios a las hojas,

que no vuelen turbados juguetes de los rápidos vientos;

que los cantes tú misma te ruego.» Y aquí cesó de hablar.

Pero sin someterse aún vaga terrible por el antro como bacante

la vidente de Febo, por si puede sacudirse del pecho

al dios imponente, y tanto más aquél fatiga

su boca rabiosa, domando el fiero corazón, y la rinde bajo su peso.

Y entonces se abrieron las cien enormes bocas de la casa

espontáneamente y llevan por el aire las respuestas de la vidente:

«O, tú que ya has agotado los grandes peligros del piélago

(aunque faltan los más graves de la tierra), a los reinos de Lavinio

llegarán los Dardánidas (saca esa cuita de tu pecho),

y también querrán no haber llegado. Guerras, hórridas guerras,

y el Tíber espumante de la mucha sangre estoy viendo.

No te faltarán los campamentos dorios, ni un Simunte,

ni un Janto; ya otro Aquiles ha nacido en el Lacio,

hijo también éste de una diosa, y Juno, la aflicción de los teucros,

no andará lejos tampoco cuando tú en la desgracia suplicante

¡qué pueblos o qué ciudades de Italia no habrás probado con tus ruegos!

La causa de tamaño mal, de nuevo una esposa huéspeda de los teucros,

y de nuevo un matrimonio forastero.

No cedas tú a estos males y hasta sigue avanzando lleno de valor

por donde te permita tu Fortuna. De la salvación el camino

[primero (nunca lo creerías) habrá de abrirte una ciudad griega.»

Con tales palabras del interior del templo la Sibila de Cumas

anuncia horrendos enigmas y resuena en el antro,

envolviendo en tinieblas la verdad: Apolo sacude las riendas

de su locura y clava aguijones en su pecho.

En cuanto cesó el furor y calló la boca rabiosa,

comienza el héroe Eneas: «No me presentas, virgen,

el rostro de fatiga alguna nueva o inesperada;

todo lo he probado y en mi pecho antes lo he recorrido.

Sólo esto te pido: como aquí está -se dice- la puerta del rey

infernal y la tenebrosa laguna que ciñe el Aqueronte,

llegar a la presencia de mi querido padre y que toque

su rostro; que el camino me muestres y me abras las sagradas puertas.

Yo a él, entre las llamas y los dardos a miles que nos seguían,

lo rescaté sobre mis hombros y lo libré de las manos del enemigo;

él, siguiendo mi camino, todos los mares conmigo

y todas las amenazas del piélago y del cielo soportaba,

sin aliento, más allá de sus fuerzas y de la suerte de sus años.

Y más aún, que suplicante a ti acudiera y a tu puerta llegase,

él también en sus ruegos me lo ordenaba. Del hijo y del padre

te suplico que te apiades, alma (pues todo lo puedes

y no en vano Hécate puso a tu cuidado los bosques del Averno),

si es que pudo Orfeo conjurar a los Manes de su esposa

valiéndose de la cítara tracia y las canoras cuerdas,

si Pólux rescató a su hermano con otra muerte

y va y vuelve tantas veces por ese camino. ¿Y Teseo? ¿Y qué voy

a decir del gran Alcides? También mi estirpe viene de Jove supremo.»

Con tales palabras rezaba y abrazaba los altares,

cuando esto comenzó a decir la vidente: «Nacido de la sangre

de los dioses, troyano Anquisíada, fácil es la bajada al Averno:

de noche y de día está abierta la puerta del negro Dite;

pero dar marcha atrás y escapar a las auras del cielo,

ésa es la empresa, ésa la fatiga. Unos pocos a los que amó el justo

Júpiter o su ardiente valor los sacó al éter,

lo lograron hijos de dioses. En medio los bosques todo lo ocupan,

y el cauce del Cocito lo rodea en negra revuelta.

Pero si ansia tan grande anida en tu pecho, si tanto deseo

de surcar dos veces los lagos estigios, de dos veces ver la negrura

del Tártaro y te place emprender una fatiga insana,

escucha primero lo que has de hacer. En un árbol espeso se esconde

la rama de oro en las hojas y en el tallo flexible,

según se dice consagrada a Juno infernal; todo el bosque

la oculta y la encierran las sombras en valles oscuros.

Mas no se permite penetrar en los secretos de la tierra

sino a quien ha cortado primero los retoños del árbol de dorados cabellos.

La hermosa Prosérpina determinó que se le llevara

este presente. Cuando se arranca el primero no falta otro

de oro y echa hojas el tallo del mismo metal.

Así que busca atentamente con tus ojos y cógela con tu mano

según el rito cuando la halles, pues por su gusto y fácilmente

habrá de seguirte, si los hados te llaman; ni con todas tus fuerzas

de otro modo podrías vencer ni arrancarla con el duro hierro.

Otra cosa: yace sin vida el cuerpo de uno de tus amigos

(lo ignoras, ¡ay!) que con su muerte mancilla a la flota entera,

Mientras tú consejo demandas y te demoras en mis umbrales.

Ponlo primero en su lugar y dale sepultura.

Toma unas ovejas negras, que sean la expiación primera.

Así, por fin, podrás los bosques contemplar estigios y los reinos

prohibidos a los vivos.» Dijo y calló cerrando la boca.

Eneas con los ojos bajos y el rostro afligido

echa a andar la gruta dejando, y a los oscuros sucesos

da vueltas en su corazón. Su fiel Acates

le acompaña y marcha con iguales pensamientos.

Mucho discurrían entre ellos en animada charla,

quién sería el compañero muerto del que habló la vidente,

cuál el cuerpo por sepultar. Y ven a Miseno en tierra firme,

cuando llegaron, perecido de una muerte indigna,

al eólida Miseno; ningún otro le ganaba

en mover a los hombres con su bronce ni en encender a Marte con su canto.

Había sido éste compañero de Héctor el grande, junto a Héctor

salía al combate señalado por su lituo y su lanza.

Cuando le venció Aquiles y le despojó de la vida,

el héroe valerosísimo al séquito se había sumado

del dardanio Eneas en pos de hazañas no menores.

Pero un día, cuando por caso hace sonar al mar con su cóncava concha,

fuera de sí, y llama con su canto a los dioses al combate,

émulo Tritón lo sorprendió, si hay que creerlo,

y lo había sumergido entre los escollos en la ola de espumas.

Así que todos se agitaban a su alrededor con gran griterío,

y en especial el piadoso Eneas. Se apresuran entonces,

llorando, a cumplir la orden de la Sibila y en levantar porfían

el ara del sepulcro con troncos y subirla hasta el cielo.

Se adentran en un antiguo bosque, escondido refugio de las fieras;

caen abatidos los pinos, resuenan las encinas con el golpe de las segures

y con cuñas se abre la madera del fresno y el blando

roble, ruedan por los montes ingentes olmos.

Y no falta Eneas en medio del trabajo exhortando el primero

a sus compañeros y ceñido de las mismas armas.

Y así da vueltas en su afligido pecho

contemplando la inmensa selva y así por caso suplica:

«¡Si ahora se nos mostrase aquella rama de oro en su árbol

entre bosque tan grande! Que demasiado verdadero ha sido,

¡ay, Miseno!, cuanto de ti dijo la vidente.»

Apenas había hablado, cuando por caso dos palomas

bajaron volando del cielo ante sus ojos

y se posaron en el verde suelo. El gran héroe entonces

reconoció las aves de su madre y alegre implora:

«Sed mi guía, si es que hay algún camino, y alzad el vuelo

por el aire hasta el bosque donde la espléndida rama da sombra

al pingüe suelo. Y tú no me falles en mis dudas,

madre divina.» Dicho esto detuvo sus pasos

estudiando qué señales anuncian, hacia dónde prosiguen.

Ellas vuelan en busca de alimento tanto

cuanto abarcar podrían los ojos de quienes las siguieran.

Más tarde, cuando llegaron a las fauces del Averno de pesado olor,

se elevan presurosas y dejándose caer por el líquido aire

se posan en el lugar ansiado sobre un árbol doble

desde donde relució distinta entre las ramas el aura del oro.

Cual suele en los bosques bajo el frío invernal el muérdago

reverdecer con hojas nuevas, al que no alimenta su propia planta,

y rodear de fruto azafranado los troncos redondos,

tal era el aspecto de las hojas de oro en la encina

tupida, así crepitaba la lámina al viento suave.

Se lanza Eneas al punto y ávido la arranca

aunque se resiste y a la cueva la lleva de la vidente Sibila.

Y seguían entretanto los teucros llorando a Miseno

en la playa y rendían los últimos honores a la ingrata ceniza.

Formaron primero una gran pira pingüe de teas

y de madera cortada, y con hojas negras

le cubren los lados y delante levantan cipreses

funerales, y la adornan con sus armas resplandecientes.

Unos preparan agua caliente y calderos que bullen

al fuego, y lavan y ungen el helado cuerpo.

Se oyen gemidos. Colocan entonces los llorados miembros

sobre un lecho, y encima vestidos de púrpura, las conocidas

ropas. Otros se acercaron al féretro ingente,

triste ministerio, y vueltos de espaldas según la costumbre

de los padres le arrojaron una tea encendida. Arden mezclados

presentes de incienso, las viandas, las crateras llenas de aceite.

Luego que cayeron las cenizas y descansó la llama,

lavaron con vino los restos y la brasa bebedora

y los huesos recogidos guardó Corineo en urna de bronce.

Rodeó también por tres veces a los compañeros con agua pura

asperjándolos con las leves gotas y con la rama del feliz olivo,

y purificó a los hombres y pronunció las palabras postreras.

Y el piadoso Eneas coloca encima un sepulcro

de mole ingente y las armas del héroe y el remo y la tuba

bajo el monte aéreo que hoy por él Miseno

se llama y tiene por los siglos un nombre eterno.

Hecho esto, continúa a toda prisa los mandatos de la Sibila.

Había una profunda caverna imponente por su vasta boca,

riscosa, protegida por un lago negro y las tinieblas de los bosques;

sobre ella ninguna criatura voladora podía impunemente

tender el vuelo con sus alas, tal era el hálito

que de su negra boca dejaba escapar a la bóveda del cielo.

(Por eso los griegos llamaron a este lugar Aorno.)

Aquí primero cuatro novillos de negro lomo dispone

y les riega la sacerdotisa de vino la frente,

y tomando de entre los cuernos las cerdas más altas

las arroja a la llama sagrada, ofrenda primera,

invocando a voces a Hécate poderosa en el cielo y el Érebo.

Otros hincan por debajo los cuchillos y la tibia sangre

recogen en páteras. El propio Eneas a una oveja de negro

vellón en honor de la madre de las Euménides y la gran hermana

la hiere con su espada, y para ti, Prosérpina, una vaca estéril;

luego prepara al rey estigio nocturnas aras

y pone sobre las llamas las entrañas enteras de los toros,

y derrama pingüe aceite sobre las vísceras ardientes.

Y de repente, bajo el umbral del sol primero y del orto

bajo sus plantas comenzó el suelo a mugir y las cimas de los bosques

a agitarse y se escuchó como un aullar de perras por la sombra

según se acercaba la diosa. «¡Lejos, quedaos lejos, profanos!

-exclama la vidente-, ¡alejaos del bosque entero!;

y tú emprende el camino y saca la espada de la vaina:

ahora, Eneas, valor precisas y ahora un ánimo firme.»

Sólo esto dijo fuera de sí y se metió por la boca del antro;

él con pasos no tímidos alcanza a la guía que se escapa.

Dioses a quienes cumple el gobierno de las almas y sombras calladas

y Caos y Flegetonte, mudos lugares de la inmensa noche:

pueda yo repetir lo que sé, pueda por vuestro numen

abrir secretos sepultados en la calígine del fondo de la tierra.

Iban oscuros por las sombras bajo la noche solitaria

y por las moradas vacías de Dite y los reinos inanes:

como el camino bajo una luz maligna que se adentra en los bosques

con una luna incierta, cuando ocultó Júpiter el cielo

con sombra y a las cosas robó su color la negra noche.

Ante el mismo vestíbulo y en las bocas primeras del

Orco el Luto y las Cuitas de la venganza su cubil instalaron,

y habitan los pálidos Morbos y la Senectud triste,

y el Miedo y Hambre mala consejera y la Pobreza torpe,

figuras terribles a la vista, y la Muerte y la Fatiga;

el Sopor además, pariente de la Muerte, y los malos Gozos

de la mente, y, en el umbral de enfrente, la guerra mortal

y los tálamos de hierro de las Euménides y la Discordia enfurecida

enlazado su cabello de víboras con cintas ensangrentadas.

En medio extiende sus ramas y los brazos añosos

un olmo tupido, ingente, donde se dice que habitan

los sueños vanos, agazapados bajo sus hojas.

Y muchas visiones además de variadas fieras,

los Centauros tienen sus establos en esta puerta y las Escilas biformes

y Briareo el de cien brazos y de Lerna el horrísono

monstruo, y la Quimera armada de llamas,

Gorgonas y Harpías y la figura de la sombra de tres cuerpos.

Empuña entonces Eneas su espada presa de un miedo

repentino y ofrece su agudo filo a los que llegan,

y, si su docta compañera no le mostrase las tenues vidas

sin cuerpo que vuelan fantasmas de una imagen hueca,

se lanzaría y en vano azotaría a las sombras con su espada.

De aquí el camino que lleva a las aguas del Aqueronte del Tártaro.

Turbio aquí de cieno y de la vasta vorágine un remolino

hierve y eructa en el Cocito toda la arena.

Un horrendo barquero cuida de estas aguas y de los ríos,

Caronte, de suciedad terrible, a quien una larga canicie

descuidada sobre el mentón, fijas llamas son sus ojos,

sucio cuelga anudado de sus hombros el manto.

Él con su mano empuja una barca con la pértiga y gobierna las velas

y transporta a los muertos en esquife herrumbroso,

anciano ya, pero con la vejez cruda y verde de un dios.

Hacia estas riberas corría toda una multitud desparramada,

mujeres y hombres y los cuerpos privados de la vida

de magnánimos héroes, y muchachos y muchachas solteras,

y jóvenes colocados en la pira ante la mirada de sus padres:

como todas esas hojas en las selvas con el frío primero del otoño:

caen arrancadas, o todas esas aves que se amontonan

hacia tierra desde alta mar, cuando la estación fría

las hace huir allende el ponto y las arroja a tierras soleadas.

De pie estaban pidiendo cruzar los primeros

y tendían sus manos por el ansia de la otra orilla.

Pero el triste marino a éstos o a aquéllos acoge,

mas a otros los mantiene alejados en la arena de la playa.

Así pues, Eneas, asombrado y emocionado por el tumulto:

«Dime, virgen -exclama-, ¿qué quiere el gentío de la orilla?

¿Qué buscan las almas? ¿Con qué criterio unas dejan las riberas

mientras surcan otras las lívidas aguas con sus remos?»

Así le repuso la longeva sacerdotisa en pocas palabras:

«Hijo de Anquises, retoño bien cierto de los dioses,

estás ante las aguas profundas del Cocito y la laguna estigia,

por la que temen jurar los dioses y engañar a su numen.

Toda esta muchedumbre que ves es una pobre gente sin sepultura;

aquél, el barquero Caronte; éstos, a los que lleva el agua, los sepultados.

Que no se permite cruzar las orillas horrendas y las roncas

corrientes sino a aquel cuyos huesos descansan debidamente.

Vagan cien años y dan vueltas alrededor de estas playas;

sólo entonces se les admite y llegan a ver las ansiadas aguas.»

Se paró y detuvo sus pasos el hijo de Anquises

mucho pensando y lamentando en su pecho la suerte inicua.

Ve allí afligidos y privados de las honras de la muerte

a Leucaspis y a Orontes, jefe de la flota licia;

a la vez navegando desde Troya por un mar ventoso

los abatió el Austro, sepultando en el agua nave y marineros.

Y hete aquí que llegaba Palinuro, el piloto,

quien poco ha en las aguas libias mientras miraba las estrellas

se había caído de la popa y se hundió en las aguas.

Apenas lo reconoció afligido en medio de las sombras,

así se le dirige el primero: «¿Quién de los dioses, Palinuro,

te nos ha arrebatado y te sumergió en las aguas del mar?

Ea, dime. Pues a mí Apolo, jamás antes hallado en mentira,

me engañó el corazón sólo con esta respuesta,

al anunciarme que saldrías incólume del mar y llegarías

al territorio ausonio. ¿Y es ésta la palabra empeñada?»

El otro a su vez: «Ni a ti te engañó el trípode de Febo,

caudillo hijo de Anquises, ni un dios a mí me hundió en el mar.

Pues arrancado el timón con gran violencia y por azar,

al que yo, su guardián, estaba clavado y el rumbo regía,

lo arrastré conmigo en mi caída. Por los mares encrespados

juro que no abrigué temor tan grande por mí

como por tu nave, desmantelada de defensas y sin piloto,

que no sucumbiera al alzarse olas tan grandes.

Tres noches de invierno el Noto me arrastró por la inmensa

llanura azotándome con el agua; entreví el cuarto día

Italia subido en lo alto de una ola.

Poco a poco nadaba hacia tierra; ya estaba a salvo,

si un pueblo cruel, bajo el peso de una ropa empapada

y agarrándome con las uñas a los ásperos salientes del monte,

no me hubiera atacado con sus armas tomándome ignorante por una presa.

Ahora las olas me guardan y los vientos en el litoral me sacuden.

Por la grata luz del cielo y por sus auras,

por tu padre te lo pido, por la esperanza de julo que crece,

líbrame, invicto, de estos males: ponme tierra

encima, ya que puedes, y busca los puertos de Velia;

o bien, si hay algún medio, si alguno te muestra

la madre divina (pues no creo que sin el numen de los dioses

te dispongas a cruzar el gran río y la laguna estigia),

tiende tu diestra a un desgraciado y llévame contigo por las olas,

que al menos en la muerte descanse en un lugar tranquilo.»

Así había hablado, cuando así comenzó la vidente:

«¿De dónde, Palinuro, te viene esta ansia desmedida?

¿Vas a ver tú sin enterrar las aguas estigias y la severa

corriente de las Euménides y pasarás sin que se te ordene al otro lado?

No confíes en torcer los hados de los dioses con tus súplicas,

pero guarda en tu corazón estas palabras, consuelo de tu dura suerte.

Que los comarcanos, conmovidos a lo largo y ancho en las ciudades

por prodigios del cielo, expiarán tus huesos

y un túmulo levantarán y honores rendirán al túmulo,

y tendrá el lugar para siempre de Palinuro el nombre.»

Con estas palabras se alejaron las penas y un momento de su triste

corazón se fue el dolor; se alegra con la tierra de su nombre.

Así prosiguen el camino emprendido y se acercan al río.

Desde las aguas estigias en cuanto los vio el marino

marchar por el bosque callado y dirigir sus pasos a la orilla,

así dice el primero y sin más les increpa:

«Seas quien seas, armado que te presentas en nuestro río,

vamos, di a qué vienes desde ahí, y detén tus pasos.

Éste es el lugar de las sombras, del sueño y la noche soporosa:

cuerpos vivos no puede llevar la barca estigia.

Tampoco me alegré de recibir a Alcides en mi lago

cuando bajó, ni a Teseo y Pirítoo,

aunque hijos eran de dioses y de fuerza invencible.

Aquél vino a encadenar con su mano al guardián del Tártaro

y lo arrancó tembloroso del trono del mismo rey;

éstos llegaron para sacar a mi señora del tálamo de Dite.»

A lo que repuso en pocas palabras la vidente anfrisia:

«Aquí no hay ninguna de esas trampas (no te preocupes),

ni traen las armas violencia; que el ingente portero en su antro

ladrando eternamente aterrorice a las sombras exangües,

que casta guarde Prosérpina el umbral de su tío paterno.

Eneas de Troya, famoso por su piedad y sus armas,

a su padre busca bajando del Érebo a las sombras profundas.

Si nada te conmueve la imagen de piedad tan grande,

quizá esta rama (muestra la rama que escondía entre sus ropas)

reconozcas.» Entonces se aplaca el corazón henchido de ira,

y no hubo más. Admirando aquél el venerable presente

de la rama del destino que no veía desde hacía tiempo,

gira la popa cerúlea y se acerca a la orilla.

Después a otras almas que sentadas estaban en los largos bancos

expulsa y despeja los puentes, al tiempo que recibe en la barca

al corpulento Eneas. Gimió el esquife bajo su peso,

cosido como estaba, y tragó mucha agua por las rendijas.

Por último, al otro lado del río desembarcó incólume

a la vidente y al héroe sobre el blando cieno y la glauca ova.

El gigante Cérbero hace resonar con su triple ladrido

estos reinos tumbados a lo largo delante de la gruta.

La vidente, al ver que ya erizaba sus cuellos de serpientes,

una torta soporosa de miel le arroja y frutas

medicinales. Él, abriendo sus tres gargantas con hambre rabiosa,

la coge al vuelo, y relaja sus gigantescos miembros

tendido en el suelo y enorme se extiende por el antro.

Se lanza Eneas a la entrada, sepultado el guardián en el sueño,

y abandona raudo la orilla del río sin retorno.

De pronto se escucharon voces y un gran gemido

y ánimas de niños llorando, en el umbral justo,

a quienes, sin gozar de la dulce vida y arrancados del seno

los robó el negro día y los sepultó en amarga muerte;

junto a ellos, los condenados a muerte sin motivo.

Y en verdad no se asignan estos lugares sin juez ni sorteo:

Minos el inquisidor mueve la urna; él convoca

la asamblea silenciosa y discierne las vidas y las culpas.

El lugar inmediato lo ocupan esos desgraciados inocentes

que con su mano se dieron muerte y de la luz hastiados

se quitaron la vida. ¡Cómo desearían en el alto éter ahora

soportar su pobreza y las duras fatigas!

La ley se interpone, y la odiosa laguna de triste onda

les ata y la Estige les retiene nueve veces derramada.

No lejos de aquí se extienden hacia todas partes

las Llanuras del Llanto; con este nombre las llaman.

Aquí a los que duro amo r de cruel consunción devoró

ocultan senderos escondidos y un bosque de mirto

los envuelve; ni en la muerte les dejan sus cuitas.

Por estos lugares distingue a Fedra y a Procris y a la triste

Erifile mostrando las heridas de su cruel hijo,

y a Evadne y Pasífae; Laodamía les acompaña

y Céneo, mozo un día y hoy mujer de nuevo,

vuelta a su antigua figura por obra del destino.

Entre todas ellas la fenicia Dido, reciente aún su herida,

errante andaba por la gran selva; el héroe troyano

en cuanto llegó a su lado y la reconoció oscura

entre las sombras, como el que a principios de mes

ve o cree haber visto alzarse la luna entre las nubes,

lágrimas vertió y le habló con dulce amor:

«Infeliz Dido, ¿así que cierta era la noticia

que me llegó de que habías muerto y buscado el final con la espada?

¿Fui entonces yo, ¡ay!, la causa de tu muerte? Por los astros

juro, por los dioses y por la fe que haya en lo profundo de la tierra;

contra mi deseo, reina, me alejé de tus costas.

Que los mandatos de los dioses, que ahora a ir entre sombras,

por lugares desolados me fuerzan y una noche cerrada,

me obligaron con su poder, y creer no pude

que con mi marcha te causara un dolor tan grande.

Detente y no te apartes de mi vista.

¿De quién huyes? Por el hado, esto es lo último que decirte puedo.»

Con tales palabras Eneas trataba de calmar el alma

ardiente de torva mirada, y lágrimas vertía.

Ella, los ojos clavados en el suelo, seguía de espaldas

sin que más mueva su rostro el discurso emprendido

que si fuera de duro pedernal o de roca marpesia.

Se marchó por fin y hostil se refugió

en el umbroso bosque donde su esposo primero, Siqueo,

comparte sus cuitas y su amor iguala.

Eneas por su parte emocionado con el suceso inicuo

y mientras se aleja, llorando la sigue de lejos y se compadece.

Prosiguen entonces el camino marcado. Y ya cruzaban los campos

últimos, los que, apartados, habitan los famosos en la guerra.

Aquí se le presenta Tideo, aquí famoso en las armas

Partenopeo y el fantasma del pálido Adrasto,

Oso aquí los Dardánidas tan llorados arriba, en combate

caídos, a los que viendo en larga fila, por todos

gimió, a Glauco, Medonte y Tersíloco,

hijos los tres de Anténor, y a Polibetes consagrado a Ceres,

y a Ideo, aún con su carro y aún con sus armas.

Numerosas almas le rodean a derecha y a izquierda,

Y no se conforman con haberle visto una vez; les place pararse

Y seguir sus pasos y saber las causas de su llegada.

Pero los jefes de los dánaos y las falanges de Agamenón

cuando vieron al héroe y sus armas brillantes entre las sombras,

se echaron a temblar con gran miedo; unos volvieron la espalda

como buscaron sus naves un día; otros dejaron escapar

un hilo de voz: el grito iniciado se queda en sus gargantas.

Y entonces al hijo de Príamo con el cuerpo destrozado,

a Deífobo ve, mutilado cruelmente el rostro,

el rostro y ambas manos, y las sienes podadas,

sin las orejas, y las narices truncas en infamante herida.

A duras penas le reconoció, tembloroso y el cruel suplicio

intentando ocultar, y se adelanta con voz conocida:

«Deífobo, poderoso guerrero de la alta sangre de Teucro,

¿quién pudo gustar de infligirte castigos tan crueles?

¿A quién se le dio tanto sobre ti? La última noche

me trajo la noticia de que, cansado de matar pelasgos,

habías caído tú sobre un confuso montón de muertos.

Entonces yo mismo en la costa retea un túmulo inane

te levanté y con gran voz invoqué tres veces a tus Manes.

Tu nombre y tus armas guardan el lugar; a ti, amigo, verte

no pude ni enterrarte al partir en el suelo de la patria.»

A lo que el Priámida: «Nada descuidaste, amigo mío;

en todo cumpliste con Deífobo y con las sombras de su cadáver.

Pero mis propios hados y el criminal delito de la lacedemonia

en estas penas me hundieron; ella me dejó estos recuerdos.

Sabes bien cómo nos descuidamos la última noche

entre alegrías engañosas: es preciso recordarlo siempre.

Cuando el caballo fatal llegó en su salto a las alturas

de Pérgamo y grávido trajo en su panza guerreros armados,

ella guiaba a las frigias como en un baile entonando

los cantos de Baco; ella misma sostenía en medio una antorcha

enorme y llamaba a los dánaos desde lo alto de la ciudadela.

Agotado entonces de preocupaciones y vencido por el sueño

me retuvo mi lecho infausto y de mí se apoderó al tumbarme

un dulce y profundo descanso en todo semejante a la plácida muerte.

Entre tanto mi egregia esposa saca todas las armas

de mi casa y había apartado de mi cabeza mi fiel espada:

llama dentro a Menelao y le abre las puertas,

pensando, sin duda, que éste sería un buen regalo para su amante

y así poder expiar la fama de antiguas desgracias.

¿A qué me entretengo? Irrumpen en el tálamo y se les suma

el Eólida muñidor de crímenes. Dioses, para los griegos cosas

así reservad, si castigo reclamo con boca piadosa.

Pero, ea, dime tú en respuesta qué avatares te han traído

vivo. ¿Llegas a causa de las peripecias del piélago,

o por orden de los dioses? ¿Qué fortuna te fatiga

para entrar en tristes moradas sin sol, en túrbidos lugares?»

Con esta conversación había ya la Aurora en su cuadriga

de rosas pasado la mitad del eje con etérea carrera,

y tal vez así transcurriría todo el tiempo concedido,

mas le advirtió su compañera y brevemente le dijo la Sibila:

«La noche llega, Eneas, y nosotros pasamos las horas llorando.

Éste es el lugar donde el camino se parte en dos direcciones:

la derecha lleva al pie de las murallas del gran Dite,

ésta será nuestra ruta al Elisio; la izquierda, sin embargo,

castigo procura a las culpas y manda al Tártaro impío.»

Deífobo, a su vez: «No te enojes, gran sacerdotisa;

me marcho, vuelvo al grupo y regreso a las tinieblas.

Ve, ve, gloria nuestra; que tengas hados mejores.»

Esto dijo, y aún hablando volvió sobre sus pasos.

Mira Eneas atrás y de pronto bajo una roca a la izquierda

ve unas anchas murallas protegidas con un triple muro

que rauda corriente ciñe de ardientes llamas,

el Flegetonte del Tártaro, y arrastra resonantes piedras.

Enfrente queda una puerta enorme y unas columnas de diamante macizo,

tal que ninguna fuerza humana ni los propios habitantes del cielo

podrían abrir en son de guerra; una torre de hierro se alza al aire,

Y Tisífone sentada, revestida de un manto de sangre,

guarda insomne la entrada de día y de noche.

Por aquí se escuchan gemidos y el chasquido de crueles

azotes con el estridor del hierro y de cadenas arrastradas.

Se detuvo Eneas y escuchó el estrépito aterrorizado:

«¿De qué crímenes se trata? Habla, virgen. ¿Con qué penas

se les atormenta? ¿A qué tanto lamento por el aire?»

Entonces la vidente así comenzó a decir: «Caudillo famoso de los teucros,

ningún inocente puede detenerse en el umbral de los criminales;

pero a mí, cuando Hécate me puso al cuidado de los bosques avernos,

ella misma me mostró los castigos de los dioses y me llevó por todas partes.

Manda en estos reinos despiadados Radamanto de Cnosos

y castiga y escucha los engaños y a declarar obliga

lo que cada cual entre los vivos, las culpas cometidas,

dejó para la muerte tardía contento con un fraude vano.

Al punto la vengadora armada con su látigo cae saltando,

Tisífone, sobre los culpables, y con las torvas serpientes

en la izquierda llama al ejército cruel de sus hermanas.

Entonces finalmente chirrían sobre su horrísono gozne y se abren

las sagradas puertas. ¿Ves qué guardián hay sentado

a la entrada, qué monstruo guarda los umbrales?

La gigantesca Hidra con sus cincuenta negras bocas,

más cruel aún, tiene dentro su sede. Luego es el Tártaro mismo,

que se abre al abismo y se extiende bajo las sombras dos veces

lo que la vista del cielo hasta el Olimpo etéreo.

Aquí la antigua prole de la Tierra, los jóvenes Titanes,

por el rayo abatidos se revuelven en la profunda hondura.

Aquí vi también a los dos Alóadas, los enormes

cuerpos, los que intentaron rasgar el gran cielo

con sus manos y arrojar a Jove de los reinos superiores.

A Salmóneo vi también pagando cruel castigo

por imitar los fuegos de Júpiter y los sonidos del Olimpo.

Llevado éste por cuatro caballos y agitando una antorcha,

por los pueblos de los griegos y la ciudad en el centro de la Élide

marchaba triunfante, y pedía para sí honor de dioses,

pobre loco que las nubes y el rayo inimitable

simulaba con bronces y con el trote de los cascos de los caballos.

Pero el padre todopoderoso blandió su dardo entre el denso

nublado, no antorchas o los fuegos humeantes

de las teas, y lo hundió de cabeza en el profundo abismo.

También a Ticio podía verse, retoño de la madre Tierra,

cuyo cuerpo se extiende a lo largo de nueve yugadas

mientras un buitre enorme de corvo pico

devora su hígado inmortal y las entrañas fecundas

con el castigo y rebusca en su comida y vive metido

en su pecho sin dar descanso alguno a las fibras renacidas.

¿Para qué mencionar a los Lápitas, a Ixión y Pirítoo?

Sobre ellos una negra roca a punto de caer amenaza

y parece que cae; brillan las patas de oro

de altos lechos suntuosos, y los banquetes preparados ante sus ojos

con lujo de reyes; al lado la mayor de las Furias

acecha e impide tocar las mesas con las manos,

y se alza blandiendo la antorcha y atruena con su boca.

Aquí los que odiaron a sus hermanos mientras vivían,

o pegaron a su padre y engaños urdieron a sus clientes,

o quienes tras encontrar un tesoro lo guardaron para ellos

y no dieron parte a los suyos (éste es el grupo mayor),

y los muertos por adulterio, y quienes armas siguieron

impías sin miedo a engañar a las diestras de sus señores,

aquí encerrados aguardan su castigo. No trates de saber

qué castigo o qué forma o fortuna sepultó a estos hombres.

Unos hacen rodar un enorme peñasco y de los radios de las ruedas

cuelgan encadenados; sentado está y lo estará para siempre

Teseo, desgraciado, y el misérrimo Flegias a todos

advierte y a grandes voces avisa por las sombras:

«Aprended advertidos la justicia y a no despreciar a los dioses.»

Éste vendió su patria por oro y a un dueño poderoso

la sometió; leyes hizo y deshizo por dinero;

éste se metió en el lecho de su hija y en himeneos vedados:

todos osaron crímenes horribles y a cabo los llevaron.

No podría yo, así cien lenguas y cien bocas tuviera

y una voz de hierro, de sus delitos abarcar todas las formas,

todos los nombres enumerar de los castigos.»

Luego que dijo esto la longeva sacerdotisa de Febo,

«pero vamos ya, ponte en marcha y acaba la tarea emprendida;

démonos prisa -añade-; construidas en las fraguas de los Cíclopes

las murallas estoy viendo y en el arco de enfrente las puertas

donde nos ordenan depositar las ofrendas debidas».

Había dicho y a la par marchando por oscuros caminos cubren

la distancia que les separa y a la puerta se aproximan.

Gana Eneas la entrada y asperja su cuerpo

con agua fresca y cuelga la rama del umbral frontero.

Por fin, esto cumplido, realizada la ofrenda a la diosa,

llegaron a lugares gozosos y a las amenas praderas

de los bosques bienaventurados y a las felices sedes.

Aquí un aire anchuroso los campos viste de luz

purpúrea, y su propio sol y sus astros conocen.

Unos ponen a punto sus músculos en palestras de hierba,

compiten jugando y pelean en la rubia arena;

otros marcan el baile con los pies y recitan poemas.

Allí también el sacerdote tracio de larga vestidura

se acompaña con los siete tonos de los sonidos

y ya los pulsa con los dedos, ya con el plectro marfileño.

Aquí la antigua dinastía de Teucro, hermosísima prole,

héroes magnánimos nacidos en tiempos mejores,

Ilo y Asáraco y Dárdano el fundador de Troya.

De lejos contempla las armas de los héroes y sus carros vacíos;

están las lanzas clavadas en tierra y sueltos por todo

el campo pacen los caballos. El gusto que de vivos

tuvieron por carros y armas, ese cuidado en dar de comer

a lustrosos caballos, el mismo les sigue bajo tierra.

A otros distingue, en fin, a derecha e izquierda comiendo

por la hierba y entonando el alegre peán en corro

en el bosque perfumado de laurel del que hacia lo alto

corre caudalosa por la selva la corriente del Erídano.

Aquí el grupo de los que recibieron heridas luchando por la patria,

y los que fueron castos sacerdotes mientras vivieron,

y los vates piadosos que hablaron dignos de Febo,

o quienes ennoblecieron la vida descubriendo las artes,

quienes por sus méritos lograron que los demás les recordasen:

a todos ellos, ínfulas de nieve les ciñen las sienes.

Así, esparcidos alrededor como estaban, les habló la Sibila,

y a Museo el primero (pues la multitud lo tiene

en el centro y lo contempla asomando con sus altos hombros):

«Decid, ánimas felices, y tú, el mejor de los vates,

¿qué región, qué lugar tiene a Anquises? Por su causa

venimos y atravesamos del Érebo las aguas caudalosas.»

Y esta respuesta le dio el héroe con pocas palabras:

«Ninguno tiene morada fija; vivimos en bosques tupidos,

y andamos por los lechos de las riberas y los frescos prados

de los arroyos. Pero vosotros, si en el corazón os lo pone el deseo,

pasad este collado y os pondré ya en un camino fácil.»

Dijo, y echó a andar delante y desde la altura les muestra

la espléndida llanura; dejan luego las altas cimas.

Y el padre Anquises, en lo hondo de un valle verdeante,

observaba a las almas encerradas que iban a subir al mundo

superior fijándose con atención, y al número todo

de los suyos andaba censando, y a sus nietos queridos

y el hado y la fortuna de los hombres, sus costumbres y sus obras.

Y cuando vio a Eneas que le venía al encuentro

por la hierba, le tendió gozoso ambas palmas,

se llenaron de lágrimas sus mejillas y la voz se escapó de su boca:

«¡Al fin, has llegado! ¿Esa piedad tuya que tu padre anhelaba

ha podido vencer el duro camino? ¿Se me da mirar tu rostro,

hijo mío, y escuchar y responder a voces conocidas?

Así ciertamente lo esperaba en mi corazón y pensaba

que ocurriría los días contando, y no me engañó mi cuidado.

¡Qué tierras y qué mares inmensos has recorrido

para que te reciba! ¡Por qué peligros has pasado, hijo!

¡Cómo temí que te dañaran los reinos de Libia!»

Y Eneas a su vez: «Padre, tu triste imagen a menudo

se me apareció y me empujó a buscar estos umbrales;

las naves aguardan en el mar tirreno. Dame tu diestra,

dámela, padre mío, y no te sustraigas a mi abrazo.»

Así diciendo con mucho llanto regaba a la vez su rostro.

Tres veces intentó poner los brazos en torno a su cuello;

tres veces huyó de sus manos la imagen en vano abrazada,

como el viento ligera y en todo semejante al sueño fugitivo.

Ve entretanto Eneas en el fondo de un valle

un apartado bosque y las ramas susurrantes de la selva,

y el río Lete que corre delante de las plácidas mansiones.

A su alrededor gentes innúmeras y pueblos volaban:

como las abejas cuando en la calma del verano por los prados

se posan en flores diversas y de los cándidos lirios

en torno se derraman, vibra todo el campo con su murmullo.

Se espanta Eneas, ignorante, por la visión repentina

y pregunta los motivos, qué ríos son ésos,

y quiénes llenan sus riberas en numeroso grupo.

A eso el padre Anquises: «Ánimas a las que otro cuerpo

se debe por el hado, junto a las aguas del río Lete

beben el líquido sereno y largos olvidos.

Hace ya tiempo que quiero hablarte de ellas y delante

ponértelas, enumerarte esta prole de los míos,

para que más te alegres conmigo de haber encontrado Italia.»

«Padre mío, ¿hay que pensar entonces que de aquí suben al cielo

ligeras algunas almas y de nuevo regresan a los torpes

cuerpos? ¿Qué ansia tan cruel de luz es la de estos desgraciados?»

«Te lo diré en verdad y no te dejaré, hijo, sin respuesta»,

comienza Anquises y por orden va explicando cada cosa.

«Para empezar, el cielo y las tierras y los líquidos llanos

y el luminoso globo de la luna y el astro titanio,

un espíritu interior los alienta y un alma metida en sus miembros

da vida a la mole entera y se mezcla con el gran cuerpo.

De ahí la estirpe de los hombres y los ganados y la vida de las aves

y los monstruos que el ponto guarda bajo la superficie de mármol.

De fuego es su vigor y celeste el origen

eso de las semillas, en tanto no las gravan cuerpos dañinos

o partes terrenales las embotan y miembros que han de morir.

Entonces temen y desean, sufren y gozan y las auras

no ven, encerradas en las tinieblas y en una cárcel ciega.

Y así, cuando en el día supremo las deja la vida,

no por ello todo mal abandona a las desgraciadas

ni del todo el contagio del cuerpo, y es bien natural

que misteriosamente arraiguen muchas adherencias.

De modo que se las prueba con penas y de antiguas culpas

sufren el castigo. Unas colgadas se abren

a los vientos inanes, de otras en vasto remolino

se lava el crimen infecto o con fuego se quema;

cada cual padecemos los propios Manes; después se nos suelta

por el Elisio anchuroso, y unos cuantos ocupamos los campos felices

hasta que el largo día, cumplido el ciclo del tiempo,

limpia la impureza arraigada y puro deja

el sentido etéreo y el fuego del aura primitiva.

A todas ellas, luego que durante mil años giraron la rueda,

el dios las llama en numeroso grupo al río Lete,

para que sin memoria de nuevo contemplen la bóveda del cielo

ya desear empiecen otra vez entrar en un cuerpo.»

Había dicho Anquises, y a su hijo junto con la Sibila

lleva al centro de una asamblea y una ruidosa muchedumbre,

Y gana una altura desde donde ver pueden en larga fila

a todos de frente, y conocer los rostros de los que llegan.

«Mira ahora, qué gloria ha de seguir en adelante a la raza

de Dárdano, qué descendencia aguarda a la ítala estirpe,

almas ilustres y que han de sumarse a nuestro nombre,

te explicaré con palabras, y te haré ver tu propio destino.

Aquel joven -es- que se apoya sobre el asta pura,

ocupa por suertes el lugar más cercano a la luz, el primero a las auras

etéreas subirá con mezcla de ítala sangre,

Silvio, nombre albano, tu póstuma prole

que, longevo, tarde tu esposa Lavinia

te criará en las selvas, rey y padre de reyes,

de donde nuestra raza dominará en Alba Longa.

A su lado está Procas, gloria del pueblo troyano,

y Capis y Numitor y el que te hará volver con su nombre,

Silvio Eneas, por igual en piedad y en armas

egregio, si alguna vez recibe el reino de Alba.

¡Qué jóvenes! ¡Qué fuerza demuestran –mira-

y qué sienes ciñe con su sombra la cívica encina!

Éstos Nomento y Gabios y la ciudad de Fidena,

éstos el alcázar colatino levantarán para ti sobre los montes,

Pometios y Castro de Inuo y Bola y Cora;

éstos serán sus nombres luego, hoy son tierras sin nombre.

Y el hijo de Marte se hará compañero del abuelo,

Rómulo, a quien de la sangre de Asáraco su madre Ilia

parirá. ¿No ves cómo se alzan sobre su cabeza dos crestas

y el mismo padre de los dioses ya con su honor lo señala?

¡Ah, hijo! Bajos los auspicios de éste aquella ínclita Roma

igualará su imperio con las tierras, su espíritu con el Olimpo,

y una que es rodeará sus siete alcázares con un muro,

bendita por su prole de héroe, como la madre Berecintia

coronada de torres se deja llevar en su carro por las ciudades frigias

gozosa con el parto de dioses, abrazando a sus cien nietos,

habitantes todos del cielo, todos en las regiones superiores.

Vuelve hacia aquí tus ojos, mira este pueblo

y a tus romanos. Aquí, César y toda de Julo

la progenie que ha de llegar bajo el gran eje del cielo.

Éste es, éste es el hombre que a menudo escuchas te ha sido prometido,

Augusto César, hijo del divo, que fundará los siglos

de oro de nuevo en el Lacio por los campos que un día

gobernara Saturno, y hasta los garamantes y los indos

llevará su imperio; se extiende su tierra allende las estrellas,

allende los caminos del año y del sol, donde Atlante portador del cielo

hace girar sobre sus hombros un eje tachonado de lucientes astros.

Ante su llegada, ahora ya se horrorizan los reinos caspios

con las respuestas de los dioses y la tierra meotia,

y se estremecen las siete bocas temblorosas del Nilo.

Ni aun Alcides recorrió tanta tierra,

bien que asaetease a la cierva de patas de bronce o de Erimanto

en los bosques pusiera paz y temblar hiciera a Lerna con su arco;

ni el que victorioso lleva sus yuntas con riendas de pámpanos,

Líber, bajando tigres de la elevada cumbre del Nisa.

¿Y aún dudamos en extender el valor con hazañas,

o el miedo nos impide quedarnos en la tierra de Ausonia?

¿Quién es aquel que lleva a lo lejos los símbolos sagrados

distinguido con la rama del olivo? Reconozco el cabello y la barba

canosa del rey romano que con sus leyes la ciudad primera

fundará, de la pequeña Cures y de una pobre tierra

lanzado a un gran imperio. A éste le seguirá después

Tulo, quien romperá los ocios de la patria y a sus hombres inactivos

mandará a la guerra y a escuadrones ya sin costumbre

de triunfos. De cerca le sigue Anco, demasiado orgulloso,

que incluso ya aquí goza en demasía con el favor del pueblo.

¿Quieres ver también a los reyes Tarquinios y el alma

orgullosa del vengador Bruto y las fasces recobradas?

La autoridad del cónsul él será el primero en recibir y las crueles

segures y, padre, en nombre de la hermosa libertad

pedirá el castigo para sus hijos por levantar guerras nuevas,

desgraciado comoquiera que juzguen esto sus descendientes:

Vencerá el amor de la patria y un ansia de gloria sin medida.

También a Decios y Drusos a lo lejos y a Torcuato mira

cruel con su segur y a Camilo que recupera las enseñas.

Pero aquellas almas que ves brillar con armas parecidas,

en paz ahora y mientras esta noche las contenga,

¡ay! ¡Qué guerra terrible entre ellas, si la luz de la vida

llegan a alcanzar, qué ejércitos moverán y qué matanza:

el suegro bajando de las laderas alpinas y la roca

de Moneco, el yerno frente a él con las tropas de oriente!

No, muchachos, no acostumbréis vuestro ánimo a guerras tan grandes

ni volváis fuerzas poderosas contra las entrañas de la patria,

y tú más, ¡perdona tú que eres del linaje del Olimpo,

arroja las armas de tu mano, sangre mía!

Aquél, sometida Corinto, su carro llevará victorioso

al alto Capitolio, insigne por la matanza de aqueos.

Abatirá aquél Argos y de Agamenón la Micenas

e incluso a un Eácida, estirpe de Aquiles poderoso en las armas,

vengando a los antepasado de Troya y los templos mancillados de Minerva.

¿Quién dejará de nombrarte, gran Catón, o a ti, Coso?

¿Quién la estirpe de Graco o a los dos Escipiones,

dos rayos de la guerra, azote de Libia, y al poderoso en lo poco,

Fabricio, o a ti, Serrano, sembrando tus surcos?

¿A dónde me lleváis cansado, Fabios? Tú el Máximo aquél eres,

quien solo, contemporizando, nos salvas el estado.

Labrarán otros con más gracia bronces animados

(no lo dudo), sacarán rostros vivos del mármol,

dirán mejor sus discursos, y los caminos del cielo

trazarán con su compás y describirán el orto de los astros:

tú, romano, piensa en gobernar bajo tu poder a los pueblos

(éstas serán tus artes), y a la paz ponerle normas,

perdonar a los sometidos y abatir a los soberbios.»

Así, el padre Anquises, y añade ante su asombro:

«Mira cómo llega Marcelo señalado por opimo

botín y vencedor sobresale entre todos los soldados.

Éste los intereses de Roma en medio de gran revuelta

afirmará a caballo, tumbará a los púnicos y al galo rebelde,

y colgará el tercero al padre Quirino las armas capturadas.»

Y entonces Eneas (pues a su lado marchar veía

a un joven de hermoso aspecto y armas brillantes,

mas ensombrecida su frente y los ojos en un rostro abatido):

«¿Quién, padre, es aquel que así acompaña el caminar del héroe?

¿Su hijo o alguno de la gran estirpe de sus nietos?

¡Qué estrépito forma su séquito! ¡Qué talla la suya!

Pero una negra noche de triste sombra vuela en torno a su cabeza.»

A lo que el padre Anquises sin contener las lágrimas repuso:

«¡Ay, hijo! No preguntes por un gran duelo de los tuyos;

los hados lo mostrarán a las tierras sólo y que más sea

no habrán de consentir. La descendencia romana demasiado poderosa

os parecería, dioses, si hubiera contado con este presente.

¡Cómo se llenará de gemidos de hombres el campo aquel

junto a la gran ciudad de Marte! ¡Y qué funerales verás,

Tiberino, cuando pases lamiendo el túmulo reciente!

Ningún hijo del pueblo troyano hará llegar tan lejos

las esperanzas de los padres latinos, ni se jactará tanto

la tierra de Rómulo nunca con ninguno de sus retoños.

¡Ay, piedad! ¡Ay, fe de los antiguos y diestra invicta

en la guerra! Nadie habría salido a su encuentro en armas

impunemente, bien que a pie fuera contra el enemigo,

bien que clavase su espuela en los ijares del espumante caballo.

¡Pobre muchacho, ay! Si puedes quebrar un áspero sino,

tú serás Marcelo. Dadme lirios a manos llenas,

que he de cubrirlo de flores de púrpura y colmar el alma

de mi nieto al menos con estos presentes, y cumplir una huera

ofrenda.» Así vagan sin rumbo por la región entera

en los anchos campos aéreos y todo recorren.

Luego que Anquises llevó a su hijo a ver cada cosa

y encendió su corazón con el ansia de la fama venidera,

cuenta después las guerras al héroe que ha de pasar

y le muestra los pueblos laurentes y la ciudad de Latino,

y cómo y qué fatigas ha de evitar y ha de soportar.

Dos son las puertas del Sueño, de las cuales una se dice

de cuerno, por donde fácil salida se da a las sombras verdaderas;

la otra resplandece del brillante marfil que la forma

pero envían los Manes al cielo los falsos ensueños.

Allí Anquises lleva luego a su hijo junto con la Sibila

con estas palabras y los saca por la puerta marfileña,

va este derecho a las naves y encuentra a sus compañeros.

Se dirige entonces por la costa al puerto de Cayeta.

Cae el áncora de la proa; se yerguen las naves en la playa.







Ricardo Marcenaro
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