domingo, 24 de junio de 2012

Filosofia: Cioran - El Inconveniente de Haber Nacido - Parte 4 - (De l'inconvenient d'etre ne - 1973)








 Hubo un tiempo en que el tiempo no existía... El rechazo del nacimiento no es otra cosa que la nostalgia de ese tiempo anterior al tiempo.

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 Cuando pienso en tantos amigos que ya no existen, siento lástima por ellos. Sin embargo, no resultan tan dignos de compasión, pues han resuelto todos sus problemas, empezando por el de la muerte.

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 Hay en el hecho de nacer una ausencia tal de necesidad, que cuando se piensa en ello con un poco más de detenimiento, a falta de saber cómo reaccionar, uno se queda con la boca abierta.

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 Dos tipos de espíritu: diurnos y nocturnos. No tienen el mismo método ni la misma ética. En pleno día uno se vigila; en la oscuridad se dice todo. Las consecuencias saludables o enojosas de lo que piensa le importan poco al que se interroga durante las horas en que los demás se entregan al sueño. Rumia la mala suerte de haber nacido sin preocuparse del daño que puede hacerle a otro, o a sí mismo. Después de medianoche empieza la embriaguez de las verdades perniciosas.

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 A medida que uno acumula años, se va formando una imagen cada vez más sombría del porvenir. ¿Es sólo para consolarse de estar excluido? Sí, en apariencia; no de hecho, pues el porvenir siempre ha sido atroz, ya que el hombre sólo sabe remediar sus males agravándolos, de modo que en cada época la existencia es más tolerable antes de encontrar la solución a las dificultades del momento.

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 En las grandes perplejidades, redúcete a vivir como si la historia estuviese clausurada, y a reaccionar como un monstruo devorado por la serenidad.

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 Si, antaño, frente a un muerto me preguntaba: «¿De qué le sirvió nacer?», hoy me pregunto lo mismo ante cualquiera que esté vivo.

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 El apesadumbrarse sobre el nacimiento es sólo el gusto por lo insoluble llevado hasta la insanía.

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 Con respecto a la muerte oscilo sin cesar entre el «misterio» y la «nada», entre las Pirámides y la Morgue.

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 Es imposible sentir que hubo un tiempo en que uno no existía. De ahí ese apego al personaje que se era antes de nacer.

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 «Meditad solamente una hora en la inexistencia del "yo", y os sentiréis otro hombre», decía a un visitante occidental un bonzo japonés de la secta Kousha.
 Sin haber frecuentado los conventos budistas, ¿cuántas veces no me he detenido en la irrealidad del mundo y, por lo tanto, en la del yo? No me he convertido en otro hombre, pero me quedó, es cierto, el sentimiento de que mi yo no es real de ninguna forma y de que, perdiéndolo, no pierdo nada, salvo algo, salvo todo.

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 En lugar de detenerme al hecho de nacer como me aconseja el sentido común, me arriesgo, me arrastro hacia atrás, retrocedo cada vez más hacia no sé qué comienzos, voy de origen en origen. Un día, quizá, logre alcanzar el origen mismo, para descansar en él, o hundirme.

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 Fulano me insulta. Estoy a punto de abofetearlo. Reflexiono y me abstengo.
 ¿Quién soy, cuál es mi verdadero yo: el que replica o el que se echa, para atrás? Mi primera reacción es siempre enérgica; la segunda, débil. Eso que llaman «sensatez» es, en el fondo, «reflexión», es decir, la no acción como primer movimiento.

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 Si el apego es un mal, hay que buscar su causa en el escándalo del nacimiento, pues nacer es apegarse. El desapego debería, pues, aplicarse a hacer desaparecer las huellas de ese escándalo, el más grave y el más intolerable de todos.

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 Frente a la ansiedad y al enloquecimiento: la calma súbita al pensar en el feto que se ha sido.

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 En ese instante preciso, ningún reproche que venga de los hombres o de los dioses podría afectarme: tengo la conciencia tan tranquila como si nunca hubiese existido.

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 Es un error creer que hay una relación directa entre sufrir reveses y encarnizarse contra el nacimiento. Esta animosidad tiene raíces más profundas y más lejanas, y sucedería aunque no hubiera ni la sombra de su reproche contra la existencia. Incluso es mucho más virulenta cuanto más pródiga es la suerte.

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 Tracios y Bogomiles: no puedo olvidar que he frecuentado los mismos parajes que ellos, ni que unos lloraban por los recién nacidos, y que los otros, para absolver a Dios, hacían responsable a Satanás de la infamia de la Creación.

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 Durante las largas noches de las cavernas, cantidad de Hamlets deberán de monologar continuamente, ya que cabe suponer que el apogeo del tormento metafísico se sitúa mucho antes de esa insipidez universal que sigue al advenimiento de la Filosofía.

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 La obsesión del nacimiento procede de una exacerbación de la memoria, de una omnipresencia del pasado, así como también de una avidez por el callejón sin salida, del primer callejón sin salida. Ninguna apertura, y en consecuencia ningún gozo, que venga de lo pasado, sino únicamente del presente y de un porvenir emancipado del tiempo.

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 Durante años, durante una vida, pensar sólo en los últimos momentos para comprobar, cuando por fin se acerca uno a ellos, que ha sido inútil, que la idea de la muerte ayuda a todo, salvo a morir.

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 Son nuestras desazones las que suscitan, las que crean la conciencia; una vez cumplida su misión, se debilitan y desaparecen una tras otra: La conciencia permanece y les sobrevive sin acordarse de lo que les debe, sin siquiera haberlo sabido. Y, aun cuando se deteste y quisiera aniquilarse, no se cansa de proclamar su autonomía, su soberanía.

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 Según la regla de San Benito, si un monje se tornaba orgulloso, o solamente contento de su trabajo, debía apartarse de él y abandonarlo.
 He aquí un peligro que no teme el que haya vivido en el apetito de la insatisfacción, en la orgía del remordimiento y del asco.

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 Si es verdad que Dios detesta tomar partido, yo no me sentiría nada incómodo en su presencia, tal sería mi placer de imitarlo en todo, de ser, como El, un sin opinión.

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 Levantarse, acicalarse y después esperar alguna variante imprevista de tedio o de horror.
 Daría el mundo entero y todo Shakespeare por una brizna de ataraxia.

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 ¡Qué suerte la de Nietzsche, haber terminado como terminó: en plena euforia!






 Filosofia: Cioran - El Inconveniente de Haber Nacido - Parte 4 - (De l'inconvenient d'etre ne - 1973)






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