martes, 17 de diciembre de 2013

Filosofia: George Berkeley - Tres dialogos entre Hilas Y Filonus - Segundo Dialogo - Links a mas Filosofia






SEGUNDO DIALOGO

HILAS.- Te ruego me perdones, amigo Filonús, por no haber acudido antes. Toda esta mañana he tenido la cabeza tan ocupada con nuestra última conversación, que no he tenido tiempo libre para pensar en la hora ni en ninguna otra cosa.
FILONÚS.- Me gusta que hayas prestado tanta atención y espero que si ha habido algún error en tus concesiones, o falacias en mis razonamientos deducidos de esas tus concesiones, me las descubrirás ahora.
HILAS.- Te aseguro que desde que te vi no he hecho otra cosa que buscar equivocaciones y falacias, y con ese fin he examinado minuciosamente todo el conjunto de nuestra conversación de ayer; pero todo ha sido en vano, pues las opiniones a que me condujo, al revisarlas se me aparecen cada vez más claras y evidentes; y cuanto más las considero, tanto más irresistiblemente me fuerzan a asentir.
FILONÚS.- ¿Y no es esto, creo yo, una muestra de que son auténticos, de que provienen de la realidad misma y están conformes con la recta razón? La verdad y la belleza se parecen en que el examen más detallado las hace ganar; mientras que el falso lustre del error y del engaño no puede resistir un examen o una inspección demasiado detallada.
HILAS.- Admito que hay mucho de verdad en lo que dices. Y nadie puede estar más completamente convencido que yo de esas extrañas consecuencias, mientras tengo ante mí los razonamientos que a ellas me han conducido. Pero en cuanto no pienso en ellos, me parece, por otra parte, que hay algo tan satisfactorio, tan natural y tan comprensible en la manera moderna de explicar las cosas que confieso que no sé cómo rechazarla.
FILONÚS.- No sé de qué manera hablas.
HILAS.- Hablo de la manera de dar razón de nuestras sensaciones o ideas.
FILONÚS.- ¿Cómo es eso?
HILAS.- Se supone que el alma reside en cierta parte del cerebro, de donde parten los nervios y se extienden a todas las partes del cuerpo; los objetos exteriores, mediante las diversas impresiones que producen en los órganos de los sentidos, comunican ciertos movimientos vibratorios a los nervios; y éstos, que están llenos de espíritus, los propagan al cerebro o sede del alma, la cual, según las varias impresiones o huellas dejadas por ellos en el cerebro, queda diversamente afectada con ideas.
FILONÚS.- ¿Y dices que eso es una explicación de la forma en que quedamos afectados con ideas?
HILAS.- ¿Por qué no, Filonús? ¿Tienes algo que objetar contra ello?
FILONÚS.- Querría saber primero si entiendo rectamente tu hipótesis. Dices que ciertas huellas en el cerebro son las causas u ocasiones de nuestras ideas. Dime, por favor, si por cerebro entiendes alguna cosa sensible.
HILAS.- ¿Qué otra cosa crees que podría entender?
FILONÚS.- Cosas sensibles son todas las inmediatamente perceptibles, y las cosas que son inmediatamente perceptibles son las ideas; y éstas existen sólo en la mente. Así lo has admitido hace tiempo, si no me equivoco.
HILAS.- No lo niego.
FILONÚS.- Así pues, el cerebro de que hablas, siendo una cosa sensible, existe únicamente en la mente. Ahora querría saber si crees razonable suponer que una idea o cosa que existe en la mente ocasiona todas las demás ideas. Y si lo crees así, te ruego que me digas cómo explicas el origen de esa idea primaria o cerebro.
HILAS.- No explico el origen de nuestras ideas por el cerebro que es perceptible por los sentidos, pues éste es sólo una combinación de ideas sensibles, sino por otro que imagino.
FILONÚS.- ¿Y no están en la mente las cosas imaginadas tan verdaderamente como las cosas percibidas?
HILAS.- Tengo que confesar que sí
FILONÚS.- Se vuelve, por tanto, a lo mismo; y has estado explicando todo este rato las ideas por ciertos movimientos o impresiones en el cerebro, es decir, por ciertas alteraciones en una idea, sensible o imaginable, poco importa para el caso.
HILAS.- Empiezo a sospechar de mi hipótesis.
FILONÚS.- Fuera de los espíritus, todo lo que conocemos o concebimos son nuestras propias ideas. Cuando dices, en efecto, que todas las ideas están ocasionadas por impresiones en el cerebro, ¿concibes ese cerebro o no? Si lo concibes, hablas entonces de ideas impresas en una idea y que producen dicha idea, lo cual es absurdo. Si no lo concibes, hablas en forma ininteligible en lugar de formar una hipótesis razonable.
HILAS.- Ahora veo claramente que no fue más que un sueño; se ha desvanecido esa hipótesis.
FILONÚS.- No tienes por qué preocuparte de eso; pues después de todo, esa forma de explicar las cosas, como llamabas a la hipótesis, no podría satisfacer nunca a una persona razonable. ¿Qué conexión hay entre un movimiento en los nervios y las sensaciones de sonido o color en la mente? ¿Y cómo es posible que éstas sean el efecto de aquél?
HILAS.- Nunca pude pensar que fuera esa hipótesis tan inconsistente como ahora aparece.
FILONÚS.- Bien, ¿estás convencido por fin de que ninguna cosa sensible tiene existencia real y que eres en verdad un escéptico consumado?
HILAS.- Es demasiado evidente para negarlo.
FILONÚS.- ¡Mira! ¿No están cubiertos los campos de un verdor delicioso? ¿No hay en los bosques y en las arboledas, en los ríos y en las fuentes claras, algo que deleita, alivia y transporta el alma? A la vista del ancho y profundo océano, o de una enorme montaña cuya cumbre se pierde en las nubes, o de una añosa floresta umbría, ¿no se llena nuestro espíritu de un pánico que nos produce placer? Incluso entre las rocas y en los desiertos, ¿no hay un salvajismo que nos agrada? ¡Qué sincero placer es contemplar las bellezas naturales de la tierra! ¿No se tiende el velo de la noche alternadamente sobre su faz y no cambia su ropaje con las estaciones, para mantener y renovar la fruición que sentimos por ellas? ¡Cuán apropiadamente están dispuestos los elementos! ¡Qué variedad y cuánta utilidad [en los más humildes productos de la naturaleza]1! ¡Qué delicadeza, qué belleza, cuánto ingenio en los cuerpos animales y vegetales! ¡Cuán exquisitamente están dispuestas todas las cosas, tanto para sus fines particulares como para constituir partes opuestas de un todo! Y mientras se ayudan y soportan mutuamente, ¿no se ponen de relieve y se esclarecen entre sí? Eleva ahora tu pensamiento desde este globo terrestre hacia todas esas gloriosas luminarias que adornan la elevada bóveda del cielo. ¿No son admirables, por su utilidad y orden, el movimiento y la situación de los planetas? ¿Se ha visto desviarse de sus órbitas a esos (mal llamados erráticos) astros, en sus repetidos viajes a través de un vacío sin senderos? ¿No describen áreas alrededor del Sol proporcionales a los tiempos? ¡Tan fijas y tan inmutables son las leyes con que el invisible Autor de la naturaleza hace actuar el universo! ¡Qué vivo y radiante es el brillo de las estrellas fijas y qué magnífica y rica la negligente profusión con que aparecen desparramadas por toda la bóveda celeste! Y si coges el telescopio, tienes al alcance de tu vista una nueva muchedumbre de estrellas que no se ven a simple vista. Desde aquí parece que están juntas y que son pequeñas, pero mirando más de cerca se aprecian inmensos orbes de luz, a diversas distancias que se pierden en los abismos del espacio. Tienes que llamar ahora en tu auxilio a la imaginación. Los sentidos, débiles y limitados, no pueden apreciar los innumerables mundos que giran alrededor de los fuegos centrales; y en esos mundos se despliega en formas infinitas la energía de una mente absolutamente perfecta. Pero ni los sentidos ni la imaginación pueden abarcar la extensión sin límites y todos sus atavíos centelleantes. Aunque la mente potencie y extreme sus facultades hasta el límite, queda siempre fuera sin abarcar un excedente inconmensurable. Sin embargo, todos esos vastos cuerpos que componen ese grandioso conjunto, aunque muy distantes y remotos, están encadenados mediante un secreto mecanismo, por una fuerza y un arte divinos, en una mutua dependencia y acción recíproca, incluso con esta Tierra que casi se había desvanecido de mis pensamientos y perdido en la multitud de mundos. ¿No es todo este sistema inmenso, hermoso, glorioso, por encima de toda expresión y pensamiento? ¿Qué tratamiento merecen esos filósofos que privan de toda realidad a esas nobles y atrayentes escenas? ¿Cómo se podrán mantener esos principios que nos llevan a creer que toda la belleza visible de la creación es un brillo imaginario completamente falso? Para ser claros, ¿puedes esperar que este escepticismo tuyo no sea juzgado extravagantemente absurdo por todos los hombres que tengan un poco de sentido?
HILAS.- Otros hombres podrán pensar como quieran, pero tú no tienes nada que reprocharme. Mi consuelo es que eres tan escéptico como yo.
FILONÚS.- En esto, amigo Hilas, permíteme que difiera de ti.
HILAS.- ¡Cómo! ¿Has admitido por completo las premisas y niegas ahora la conclusión, dejando que yo mismo sostenga esas paradojas a que me has conducido? Esto, desde luego, no está bien.
FILONÚS.- Niego estar de acuerdo contigo en esas opiniones que han conducido al escepticismo. Tú has dicho efectivamente, que la realidad de las cosas sensibles consistía en una existencia absoluta fuera de las mentes de los espíritus y distinta de su ser percibida. Y con arreglo a este concepto de la realidad, no tienes más remedio que negar a las cosas sensibles toda existencia real; es decir, que según tú propia definición tú mismo te confiesas escéptico. Pero yo no he dicho ni creído que la realidad de las cosas sensibles no puede existir como no sea en una mente o en un espíritu. Y de ahí concluyo, no que no tengan existencia real alguna, sino que al ver que no dependen de mi pensamiento y que tienen una existencia distinta de su ser percibida por mí, tiene que haber alguna otra mente en la cual existan. Tan cierto, pues, como que existe realmente el mundo sensible, es que hay un Espíritu infinito y omnipresente que lo contiene y mantiene.
HILAS.- ¡Cómo! Eso no es nada más que lo que yo y todos los cristianos sostenemos; e incluso también, todos los que creen que hay un Dios que conoce y comprende todas las cosas.
FILONÚS.- Sí, pero ahí está la diferencia. Los hombres creen corrientemente que Dios conoce o percibe todas las cosas porque creen en la existencia de Dios, mientras que yo, en cambio, llego inmediata y necesariamente a la conclusión de la existencia de Dios porque él tiene que percibir todas las cosas sensibles
HILAS.- Pero si todos creemos lo mismo, ¿qué importa cómo hemos llegado a esa creencia?
FILONÚS.- Pero es que no estamos de acuerdo en la misma opinión. Pues los filósofos, aunque reconocen que Dios percibe todos los seres corpóreos, les atribuyen, sin embargo, una subsistencia absoluta distinta de su ser percibida por una mente cualquiera, lo cual yo no hago. Además, ¿es que no hay diferencia entre decir hay Dios, luego percibe todas las cosas, y decir, las cosas sensibles existen realmente; y si existen realmente son percibidas necesariamente por una mente infinita; luego hay una mente infinita o Dios? Esto último te procura una demostración directa e inmediata de la existencia de un Dios, partiendo de un principio de lo más evidente. Los teólogos y los filósofos han demostrado sin lugar a dudas, partiendo de la belleza y utilidad de las diversas partes de la creación, que es obra de Dios. Pero que, sin tener en cuenta la astronomía y la filosofía natural y la contemplación de la disposición, el orden y la adaptación de las cosas, haya que inferir necesariamente de la mera existencia del mundo sensible una mente infinita, eso es una ventaja que tienen solamente aquellos que han hecho esta simple reflexión: el mundo sensible es todo lo que percibimos por nuestros diversos sentidos; por los sentidos no se perciben más que ideas; y no puede existir idea alguna o arquetipo de idea como no sea en una mente. Ahora puedes, sin investigaciones laboriosas en las ciencias y sin apelar a sutilezas de la razón ni a largos y aburridos discursos, impugnar y acorralar al más esforzado abogado del ateísmo. Esos miserables re-cursos de apelar a una eterna sucesión de causas y efectos no pensantes o a un concurso fortuito de átomos; esas disparatadas imaginaciones de Vanini, Hobbes y Spinoza; en una palabra, todo el sistema del ateísmo, ¿no queda destruido reflexionando simplemente en la contradicción que se produce al suponer que todo el mundo visible, o una parte, aunque sea la más tosca e informe, existe fuera de una mente? Que cualquiera de esos secuaces de la impiedad considere sus propios pensamientos, y pruebe a ver si puede concebir cómo cualquier cosa, aunque no sea más que una roca, un desierto, un caos o un confuso amontonamiento de átomos, sea sensible o imaginable, puede existir independientemente de una mente; no necesitará nada más para convencerse de su locura. ¿Hay algo mejor que plantear la cuestión en esa forma y dejar que el hombre mismo vea si puede concebir, aunque no sea nada más que con el pensamiento, que lo que sostiene es verdad, y de una existencia conceptual llegar a una existencia real?
HILAS.- No se puede negar que lo que propones presta un gran servicio a la religión. Pero, ¿no crees que se asemeja a una opinión que sostienen algunos modernos eminentes, de ver todas las cosas en Dios?
FILONÚS.- Me gustaría conocer esta opinión; explícamela, por favor.
HILAS.- Creen que el alma, al ser inmaterial, no puede unirse a cosas materiales de suerte que las perciba en sí mismas, sino que las percibe por su unión con la sustancia de Dios; la cual, al ser espiritual, es, por tanto, puramente inteligible o capaz de ser el objeto inmediato del pensamiento de un espíritu. Además, la esencia divina contiene en sí misma las perfecciones correspondientes a cada cosa creada, las cuales por esa razón son aptas para mostrarlas o representarlas a la mente.
FILONÚS.- No comprendo cómo nuestras ideas, que son cosas completamente pasivas e inertes, pueden ser la esencia o una parte (o como una parte) de la esencia o sustancia de Dios, el cual es un ser impasible, indivisible y puramente activo. Hay muchas más dificultades y objeciones contra esta hipótesis, las cuales se presentan a primera vista; pero únicamente añadiré que incurre en todos los absurdos de las hipótesis corrientes al establecer que el mundo creado existe en otra forma que no sea en la mente de un espíritu. Y además, tiene algo peculiar y propio de ella, que es hacer que el mundo material no sirva para nada. Y si pasa por ser un buen argumento contra otras hipótesis de las ciencias el que supongan que la naturaleza o la Sabiduría Divina hacen algo en vano, o por procedimientos lentos y con rodeos lo que se podría efectuar de una forma mucho más fácil y breve, ¿qué pensaremos de esa hipótesis que supone que el mundo entero está hecho en vano?
HILAS.- Pero, ¿qué dices? ¿No eres también de la opinión de que vemos todas las cosas en Dios? Si no me equivoco, lo que proponías se acerca a eso.





FILONÚS.- [Pocos hombres piensan. Sin embargo, todos quieren tener sus opiniones. Y por eso las opiniones de los hombres son superficiales y confusas. No es nada extraño que doctrinas que en sí mismas son tan diferentes, sean confundidas por aquellos que no las examinan atentamente. No sorprenderá, por tanto, que algunos hombres imaginen que me entusiasmo con Malebranche, aunque en verdad estoy muy lejos de tal cosa. Él construye sobre ideas generales de lo más abstractas, lo cual yo desapruebo completamente. Afirma que existe un mundo externo absoluto, lo cual yo niego. Sostiene que nuestros sentidos nos engañan y que no conocemos la naturaleza real o las verdaderas formas y figuras de los seres externos; y acerca de todo eso yo mantengo lo contrario. Así pues, en conjunto no hay principios más fundamentalmente opuestos que los suyos y los míos. Hay que reconocer que]1 estoy completamente de acuerdo con lo que dice el Evangelio, que «en Dios vivimos, nos movemos y somos». Pero estoy muy lejos de creer que vemos las cosas en Su esencia, en la forma anteriormente expuesta. Escucha, en resumen, mi opinión. Es evidente que las cosas que percibo son mis propias ideas y que no puede existir ninguna idea como no sea en una mente. Y no es menos evidente que estas ideas o cosas por mí percibidas, o ellas mismas o sus arquetipos, existen independientemente de mi mente, pues sé que no soy su autor, ya que está fuera de mi poder, determinar a mi arbitrio qué ideas particulares me afectarán al abrir mis ojos u oídos. Tienen que existir, por tanto, en otra mente cuya voluntad es que se me muestren. Las cosas, digo, inmediatamente percibidas son ideas o sensaciones, llámeselas como se quiera. Pero, ¿cómo puede existir una idea o sensación si no es en una mente o espíritu? Esto es inconcebible, desde luego; y afirmar que es inconcebible, es hablar de un sinsentido. ¿No es así?
HILAS.- Sin duda.
FILONÚS.- Pero, por otra parte, es muy concebible que existan en un espíritu y sean producidas por él; pues esto no es más que la diaria experiencia en mí mismo, ya que percibo innumerables ideas; y por un acto de mi voluntad puedo formar una gran variedad de ellas y provocarlas en mi imaginación; aunque hay que confesar que estas criaturas de la fantasía no son tan distintas, fuertes, vivas y permanentes como aquellas percibidas por mis sentidos, a las cuales se llama cosas reales. Por todo lo cual, llego a la conclusión de que hay una mente que me afecta en cada momento con todas las impresiones sensibles que percibo. Y de la variedad, orden y forma de éstas, concluyo que el autor de ellas es sabio, poderoso y bueno más allá de toda comprehensión. Observa bien esto; no digo que veo las cosas percibiendo lo que las representa en la sustancia inteligible de Dios. Esto no lo entiendo; sino que digo que las cosas que percibo son conocidas por el entendimiento, y producidas por la voluntad de un Espíritu infinito. ¿Y no es esto de lo más claro y evidente? ¿Hay acaso algo más que lo que una simple observación de nuestras mentes y de lo que pasa en ellas, no sólo nos permite sino que nos obliga a reconocer?
HILAS.- Creo que te he entendido muy claramente; y confieso que la prueba que das de una Divinidad parece tan evidente como sorprendente. Pero aun admitiendo que Dios es la causa universal de todas las cosas, ¿no podrá haber, sin embargo, una tercera naturaleza además de los espíritus y las ideas? ¿No podemos admitir una causa subordinada y limitada de nuestras ideas? En una palabra, ¿no podrá haber una materia a pesar de todo?
FILONÚS.- ¿Cuántas veces tendré que inculcarte la misma cosa? Admites que las cosas inmediatamente percibidas por los sentidos no existen fuera de la mente; ahora bien, no hay nada percibido por los sentidos que no sea percibido inmediatamente; por tanto, no hay nada sensible que exista fuera de la mente. Así, pues, la materia en que insistes es algo inteligible, supongo; algo que puede descubrirse por el razonamiento, no por los sentidos.
HILAS.- Estás en lo cierto.
FILONÚS.- Te ruego que me des a conocer el razonamiento en que se funda tu creencia en la materia; y qué es esa materia en el sentido en que ahora tú la tomas.
HILAS.- Yo me encuentro afectado con varias ideas, de las cuales sé que no soy la causa; ni son ellas las causas en sí mismas, ni unas de otras, ni son capaces de subsistir por sí mismas, pues son realidades completamente inactivas, inestables y dependientes. Tienen, por tanto, una causa distinta de mí y de ellas; de la cual no pretendo saber más sino que es la causa de mis ideas. Y a esta cosa, sea ella lo que fuere, la llamo materia.
FILONÚS.- Dime Hilas, ¿tiene el hombre libertad para cambiar la significación propia corriente ajena a un nombre común en el lenguaje? Por ejemplo, supongamos que un viajero te dice que en un determinado país los hombres pasan indemnes a través del fuego; y al explicarse él mismo encuentras que entiende por fuego lo que otros llaman agua; o, si asegura que hay árboles que andan sobre dos piernas, entendiendo por el término árboles a los hombres, ¿encontrarías esto razonable?
HILAS.- No; lo juzgaría absurdo. El uso común es la norma de la propiedad en el lenguaje. Y si alguien afectadamente habla sin propiedad, pervierte el uso del lenguaje y nunca servirá más que para prolongar y multiplicar las disputas cuando en realidad no hay diferencias de opinión.
FILONÚS.- ¿Y no significa la materia, en la acepción corriente y común de la palabra, una sustancia extensa, sólida, móvil, no pensante e inactiva?
HILAS.- Sí.
FILONÚS.- ¿Y no se ha demostrado que no puede existir tal sustancia? Y aunque se admitiese que existe, ¿cómo podrá ser una causa lo que es inactivo, o ser una causa de pensamiento lo que no es pensante? Puedes, sin duda, si te place, atribuir a la palabra materia un significado contrario al vulgarmente admitido y decirme que entiendes por ella una realidad inextensa, pensante y activa, la cual es la causa de nuestras ideas. ¿Pero qué es eso sino jugar con las palabras e incurrir en la misma falta que con tanta razón acabas ahora mismo de condenar? No encuentro en modo alguno falta ni error en tu razonamiento cuando coliges de los fenómenos una causa; pero niego que la causa deducible por la razón se pueda denominar propiamente materia.
HILAS.- Hay algo de razón, sin duda, en lo que dices. Pero me temo que no comprendas bien lo que quiero decir. No querría en modo alguno que se pensase que niego que Dios, o un espíritu infinito, es la causa suprema de todas las cosas. Todo lo que pretendo es que, subordinada al motor supremo, hay una causa de naturaleza inferior y limitada que concurre en la producción de nuestras ideas, no por un acto de voluntad o eficiencia espiritual, sino por la clase de acción que pertenece a la materia, a saber, el movimiento.
FILONÚS.- Encuentro que vuelves a caer siempre en tu quimera, ya criticada, de una sustancia móvil y, por tanto, extensa, que existe fuera de la mente. ¡Cómo! ¿Has olvidado ya que estabas convencido, o quieres que repita lo ya dicho a ese respecto? En verdad que no está bien en ti suponer aún la realidad de lo que tan a menudo has reconocido que no la tiene. Pero para no insistir más en lo que ya se ha tratado tan largamente, te pregunto si todas tus ideas son perfectamente pasivas e inertes, sin implicar en ellas acción alguna.
HILAS.- Sí que lo son.
FILONÚS.- ¿Y qué son las cualidades sensibles sino ideas?
HILAS.- Muchas veces lo he reconocido.
FILONÚS.- ¿Y no es el movimiento una cualidad sensible?
HILAS.- Sí
FILONÚS.- No es una acción, por tanto.
HILAS.- Estoy de acuerdo contigo. Y desde luego es evidente que cuando yo agito el dedo, éste permanece pasivo; pero mi voluntad, que produce el movimiento, es activa.
FILONÚS.- Ahora quiero saber en primer lugar si, admitiendo que el movimiento no es acción, puedes concebir una acción que no sea volición; y en segundo lugar, si decir algo sin concebir nada no es hablar sin sentido; y por último, si teniendo en cuenta las premisas, no te percatas de que suponer una causa eficiente o activa de nuestras ideas que no sea un espíritu es absurdo e irracional.
HILAS.- Te doy la razón por completo. Pero aunque la materia no sea una causa, ¿qué impide, sin embargo, que sea un instrumento al servicio del Agente supremo para la producción de nuestras ideas?
FILONÚS.- Un instrumento, dices; ¡por favor!, ¿cuáles pueden ser la forma, resortes, ruedas y movimientos de ese instrumento?
HILAS.- No pretendo determinarlos, pues tanto la sustancia como sus cualidades me son completamente desconocidas.
FILONÚS.- ¡Cómo! Entonces opinas que está compuesta de partes desconocidas, que tiene movimientos desconocidos y una forma desconocida.
HILAS.- No creo que tenga figura o movimiento alguno, pues estoy ya convencido de que no pueden existir cualidades sensibles en una sustancia no percipiente.
FILONÚS.- ¿Y qué concepto puede formarse de un instrumento desprovisto de todas las cualidades sensibles, incluso la extensión misma?
HILAS.- No pretendo tener concepto alguno de él.
FILONÚS.- ¿Y qué razón tienes para creer que existe ese algo desconocido e inconcebible? ¿Es que imaginas que Dios no puede actuar también sin él, o que por la experiencia encuentras la utilidad de esa cosa cuando formas ideas en tu propia mente?
HILAS.- Siempre me estás atosigando con las razones de mi creencia. ¡Por favor! ¿Qué razones tienes para no creer en esa cosa?
FILONÚS.- Para mí una razón suficiente para no creer en la existencia de algo es ver que no hay razón alguna para creer en ella. Pero, para no insistir más en las razones que se tienen para creer, no quieres darme a conocer qué es lo que quieres hacer que yo crea, pues dices que no tienes ni idea de ello. Después de todo, permíteme que considere si es como un filósofo o como un hombre de sentido común como pretendes que yo crea no sabes qué ni por qué razón.
HILAS.- Un momento, Filonús. Cuando te digo que la materia es un instrumento no es que no quiera decir nada en absoluto. Bien es verdad que no sé la clase especial de instrumento, pero sin embargo, tengo una cierta noción de instrumento en general, la cual se la atribuyo.
FILONÚS.- Pero, ¿y si demostrase que hay algo, incluso en la noción más general de instrumento tomado en un sentido distinto del de causa, que hace su uso incompatible con los atributos divinos?
HILAS.- Demuéstramelo y te daré la razón en ese punto.
FILONÚS.- ¿Qué entiendes por naturaleza general o noción de instrumento?
HILAS.- Aquello que es común a todos los instrumentos particulares compone la noción general.
FILONÚS.- ¿No es común a todos los instrumentos el hecho de que sirvan para realizar únicamente aquellas cosas que no se pueden ejecutar por el mero acto de nuestras voluntades? Así, por ejemplo, nunca utilizo un instrumento para mover mi dedo, porque eso lo hace la volición. Pero lo utilizaría si tuviera que remover un pedazo de roca o arrancar un árbol de raíz. ¿Eres de la misma opinión? ¿O puedes presentarme un ejemplo en que se haga uso de un instrumento para producir un efecto que dependa inmediatamente de la voluntad del agente?
HILAS.- Reconozco que no puedo.
FILONÚS.- ¿Cómo puedes suponer, por tanto, que un Espíritu todopoderoso, de cuya voluntad dependen absoluta e inmediatamente todas las cosas, necesite un instrumento para sus operaciones o, no necesitándolo, haga uso de él? Así pues, me parece que el artificio de un instrumento inactivo e inanimado es incompatible con la perfección infinita de Dios; y esto es, según tu propia confesión, darme la razón.
HILAS.- No se me ocurre nada en este momento para poder contestarte.
FILONÚS.- Pero creo que estarás dispuesto a reconocer la verdad cuando se te haya demostrado de forma suficiente. Nosotros, desde luego, que somos seres de poder finito, nos vemos obligados a hacer uso de instrumentos. Y el uso de un instrumento revela que el agente está limitado por reglas que otro prescribe, y que no puede conseguir su fin sino de una determinada forma y en determinadas condiciones. Y de aquí parece deducirse claramente que el agente supremo, que no tiene límites, no usa en absoluto instrumento alguno. La voluntad de un Espíritu omnipotente se ejecuta tan pronto como se ejerce, sin aplicación de instrumentos, los cuales si se aplican por agentes inferiores no es por alguna eficacia real que haya en ellos o por una aptitud necesaria para producir un determinado efecto, sino simplemente de acuerdo con las leyes de la naturaleza o las condiciones que les ha prescrito la causa primera, la cual está por encima de cualquier limitación o prescripción.


 
 HILAS.- Ya no sostendré que la materia es un instrumento. Sin embargo, no hay que creer por eso que renuncio ya a su existencia; pues, a pesar de lo que se ha dicho, puede ser aún una ocasión.
FILONÚS.- ¿Cuántas formas toma tu materia? ¿O cuántas veces hay que probar que no existe antes de que te decidas a abandonarla? Pero no hablemos más de esto (aunque con arreglo a las leyes que rigen las discusiones podría echarte en cara el cambio tan frecuente del significado del término principal). Dime, ¿qué quieres decir al afirmar que la materia es una ocasión habiendo negado ya que es una causa? Y cuando me hayas enseñado en qué sentido entiendes la palabra ocasión, te ruego que tengas la bondad de decirme qué razón te induce a creer que hay una ocasión de nuestras ideas.
HILAS.- Por lo que se refiere al primer punto, por ocasión quiero decir una realidad inactiva, no pensante, en cuya presencia Dios excita ideas en nuestras mentes.
FILONÚS.- ¿Y cuál puede ser la naturaleza de esa realidad inactiva y no pensante?
HILAS.- No sé nada acerca de su naturaleza.
FILONÚS.- Pasemos, pues, al segundo, y preséntame alguna razón para que admitamos la existencia de esa realidad inactiva, no pensante y desconocida.
HILAS.- Si vemos que las ideas se producen en nuestras mentes en una forma ordenada y constante, es natural pensar que tienen algunas ocasiones fijas y regulares en cuya presencia se provocan dichas ideas.
FILONÚS.- Reconoces que Dios es la causa única de nuestras ideas y que las causa al presentarse dichas ocasiones.
HILAS.- Ésa es mi opinión.
FILONÚS.- Esas cosas que dices están presentes a Dios, sin duda las percibe.
HILAS.- Ciertamente; si no, no podrían ser para él una ocasión de actuar.
FILONÚS.- Para no insistir ahora en el sentido que das a esa hipótesis, ni en las respuestas a todas las enigmáticas cuestiones y dificultades que la misma provoca, te pregunto solamente si el orden y la regularidad observables en la serie de nuestras ideas, que es el curso de la naturaleza, no se explican suficientemente por la sabiduría y el poder de Dios; y si no se desvanecen esos atributos al suponer que está influenciado, dirigido o incitado, respecto del cuándo y cómo de su actuación, por una sustancia no pensante. Y por último, si en el caso de que admitiera lo que sostienes podría servir en algo a tu propósito, pues no es fácil concebir cómo la existencia externa o absoluta de una sustancia no pensante, distinta de su ser percibida, puede inferirse del hecho de que yo admita que hay ciertas cosas percibidas por la mente de Dios que son para él la ocasión de producir ideas en nosotros.
HILAS.- Me encuentro absolutamente perplejo sin saber qué pensar, pues esta noción de ocasión me parece ahora tan falta de fundamento como lo demás.
FILONÚS.- ¿Y no te vas dando cuenta de que en todas esas diferentes acepciones de materia, has estado suponiendo no sabes qué, sin razón alguna y sin resultado alguno?
HILAS.- Confieso francamente que estoy menos apegado a mis opiniones desde que se las ha sometido a un examen tan riguroso Sin embargo, creo tener aún una confusa sensación de que hay algo así como una materia.
FILONÚS.- Tú percibes la existencia de la materia inmediata o mediatamente. En el primer caso, te ruego me digas mediante cuáles sentidos la percibes. En el segundo caso, dame a conocer por cuál razonamiento es inferida de aquellas cosas que percibes inmediatamente. Esto, por lo que se refiere a la percepción. Por lo que respecta a la materia misma, pregunto: ¿es objeto, substrato, causa, instrumento u ocasión? Tú ya has defendido todas esas tesis cambiando tus opiniones y haciendo que unas veces la materia aparezca de una forma y otras de otra. Y lo que has propuesto lo has desaprobado y rechazado tú mismo. Si tienes algo nuevo que decir te oiré con mucho gusto.
HILAS.- Creo que ya he dicho todo lo que tenía que decir a este respecto. No sé qué más aducir.
FILONÚS.- Y, sin embargo, te muestras reacio en abandonar tus viejos prejuicios. Para hacer que los abandones más fácilmente deseo que, además de lo que se ha sugerido hasta ahora, consideres también si, suponiendo que la materia existe, puedes concebir de qué forma serías afectado por ella. O, suponiendo que no existiera, si no es evidente que puedes estar afectado con las mismas ideas con que ahora lo estás y que, por tanto, tienes las mismísimas razones para creer en su existencia que las que puedes tener ahora.
HILAS.- Reconozco que es posible que podamos percibir todas la cosas exactamente igual a como las percibimos ahora, aunque no hubiese materia en el mundo; y no puedo concebir, si hubiese materia, cómo podría producir idea alguna en nuestras mentes. Y admito, asimismo, pues me has convencido completamente, que es imposible que haya nada semejante a una materia en ninguna de las acepciones anteriormente mencionadas. Pero no puedo por menos de pensar aún que hay materia en uno u otro sentido. Desde luego, que no pretendo determinar qué es.
FILONÚS.- No espero que me definas exactamente la naturaleza de ese ser desconocido. Sólo te ruego que me digas si es una sustancia; y si es así, si puedes pensar en una sustancia sin accidentes; y en el caso de que tenga accidentes o cualidades, deseo que me hagas saber qué son esas cualidades, o al menos qué es lo que se entiende al decir que la materia es el soporte de ellas.
HILAS.- Ya hemos discutido esos puntos. No tengo nada más que decir. Pero para prevenir otras cuestiones, permíteme que te diga que ahora no entiendo por materia ni una sustancia, ni accidentes, ni un ser pensante, ni uno extenso, ni una causa, instrumento u ocasión, sino algo completamente desconocido, distinto de todo eso.
FILONÚS.- Parece, pues, que incluyes en tu noción actual de materia nada más que la abstracción general de la idea de entidad.
HILAS.- Nada más. Salvo que añado a esta idea general la negación de todas aquellas ideas, cualidades o cosas particulares que percibo, imagino o de algún modo aprehendo.
FILONÚS.- ¡Por favor!, ¿dónde supones que existe una materia desconocida?
HILAS.- ¡Oh, Filonús! Crees que ahora me vas a embrollar, pues si digo que existe en algún lugar inferirás entonces que existe sólo en la mente, pues hemos convenido en que el lugar o la extensión existe sólo en la mente; pero yo no me avergüenzo de confesar mi ignorancia. No sé dónde existe; sólo estoy seguro de que no existe en lugar alguno. Te contesto en forma negativa; y no puedes esperar otra cosa a todas las cuestiones que en el futuro plantees acerca de la materia.
FILONÚS.- Si no quieres decirme dónde existe, haz el favor de informarme acerca de la forma en que supones existe, o qué es lo que entiendes con su existencia.
HILAS.- Ni piensa, ni actúa, ni percibe, ni es percibida.
FILONÚS.- ¿Y qué hay de positivo en tu abstracta noción de su existencia?
HILAS.- Después de detenido examen no veo que tenga noción o significado alguno positivo. Te repito que no me avergüenzo de confesar mi ignorancia. No sé qué es lo que quiere decir esa su existencia, ni su forma de existir.
FILONÚS.- Continúa, buen Hilas, con tu actitud ingenua, y dime sinceramente si puedes formarte una idea distinta de la idea de entidad en general, separada y exclusiva de todos los seres pensantes y corpóreos y de todas las cosas particulares.
HILAS.- Un momento, déjame pensar un poco. Confieso, Filonús, que no veo que pueda hacerlo. A primera vista creía tener una cierta noción diluida y etérea de la pura entidad en abstracto; pero al fijar más la atención, se me ha desvanecido y no la percibo. Cuanto más pienso en ello, más me afirmo en mi prudente resolución de no dar sino respuestas negativas y no pretender el más mínimo grado de conocimiento o concepción positivos de la materia, de su cuándo, su cómo, su entidad o cualquier cosa perteneciente a la misma.
FILONÚS.- Así, pues, cuando hablas de la existencia de la materia no tienes noción alguna en tu mente.
HILAS.- Ninguna en absoluto.
FILONÚS.- Te ruego me digas si el estado de la cuestión no es el siguiente: primero, partiendo de la creencia en una sustancia material llegaste a la conclusión de que los objetos inmediatos existían fuera de la mente; después, sus arquetipos; después, las causas; acto seguido, los instrumentos; posteriormente, las ocasiones; y por último, algo en general, que al ser interpretado se revela como nada. Así, pues, la materia se convierte en nada. ¿Qué opinas, Hilas? ¿No es esto un resumen fiel de todo tu proceso?





HILAS.- Sea ello como fuere, insisto, sin embargo, en que del hecho de que no podamos concebir una cosa no se deriva un argumento en contra de su existencia.
FILONÚS.- Admito de grado que partiendo de una causa, de un efecto, de una operación, de un signo o de cualquier otra circunstancia, se pueda inferir razonablemente la existencia de una cosa no percibida inmediatamente, y que sería absurdo que alguien arguyera en contra de la existencia de dicha cosa por el hecho de que no tuviera una noción directa y positiva de la misma. Pero cuando no hay nada de esto; cuando ni la razón ni la revelación nos inducen a creer en la existencia de una cosa; cuando no tenemos ni siquiera una noción relativa de ella; cuando se hace abstracción de lo percipiente y de lo percibido, del espíritu y de la idea; en fin, cuando no hay siquiera una idea, la más inadecuada y vaga que se pueda pretender: en ese caso no deduzco de ello consecuencia alguna contra la realidad de noción alguna o la existencia de cosa alguna, sino que mi inferencia será que no quieres decir nada en absoluto, que empleas palabras sin objeto alguno, sin designio ni significado ninguno. Y dejo a tu discreción el considerar la forma como debe tratarse esa jerga ininteligible.
HILAS - A decir verdad, amigo Filonús, tus argumentos me parecen en sí mismos irreprochables; pero no causan en mí un efecto tan grande como para producirme la completa convicción, la íntima aquiescencia inseparables de toda demostración. Me encuentro aún recayendo en la oscura conjetura de un algo que no sé lo que es, llamado materia.
FILONÚS.- ¿Pero no te das cuenta de que deben concurrir dos circunstancias para eliminar cualquier escrúpulo y producir un pleno asentimiento en la mente? Póngase un objeto visible ante la luz más clara; sin embargo, si hay alguna imperfección en la vista, o si el ojo no está dirigido hacia él, no será visto distintamente. Igualmente, aunque una demostración esté muy bien fundada y expuesta en la debida forma, no obstante, si hay al mismo tiempo algo de prejuicio o una cierta perversión del entendimiento, ¿se puede esperar que de repente se perciba claramente y se preste firme adhesión a la verdad? No, hacen falta tiempo y esfuerzos; hay que despertar la atención y retenerla mediante la frecuente repetición de la misma cosa, colocada bajo la misma luz o bajo luces diferentes. Ya he dicho, y me encuentro con que tengo que repetirlo e inculcarlo, que es una licencia inexplicable la que te tomas al pretender sostener que conoces no sé qué, por no sé qué razón y con no sé qué objetivo. ¿Puede encontrarse un paralelo en alguna ciencia o arte, o en alguna secta o profesión humana? ¿Se puede encontrar algo más descaradamente infundado e irracional, incluso en el más bajo nivel de una conversación corriente? Pero tú quizá digas aún que la materia existe, aunque al mismo tiempo ni sepas qué es lo que quiere decir la palabra materia ni la palabra existencia. Esto es, desde luego, sorprendente, y tanto más cuanto que es completamente voluntario [y debido a tu propia iniciativa]1 y no te lleva a ello la razón; pues te reto a que me demuestres qué cosa en la naturaleza necesita de la materia para su explicación o justificación.
HILAS.- La realidad de las cosas no se puede sostener sin suponer la existencia de la materia. ¿Y no crees que es eso una buena razón para que la defienda seriamente?
FILONÚS.- ¡La realidad de las cosas! ¿Qué cosas, las sensibles o las inteligibles?
HILAS.- Las sensibles.
FILONÚS.- ¿Mi guante, por ejemplo?
HILAS.- Sí; o cualquier otra cosa percibida por los sentidos.
FILONÚS.- Pero para atenernos a una cosa particular, ¿no es para mí una prueba suficiente de la existencia de este guante el hecho de que yo lo veo, lo palpo y lo llevo puesto? Y si esto no fuera así, ¿cómo es posible que esté seguro de la realidad de esta cosa, que ahora veo en este lugar, suponiendo que una cosa desconocida, que nunca vi ni puedo ver, existe, en una forma desconocida, en un lugar desconocido o en ningún lugar? ¿Cómo puede la realidad supuesta de aquello que es intangible ser la prueba de que una cosa tangible existe realmente? ¿O la realidad de lo que es invisible, o en general no perceptible, ser la prueba de que una cosa visible o perceptible exista? Explícame y pensaré que no hay nada demasiado difícil para ti.
HILAS.- Visto el asunto en su conjunto, no tengo inconveniente en admitir que la existencia de la materia es muy improbable; pero no veo la directa y absoluta imposibilidad de ella.
FILONÚS.- Aun admitiendo que la materia sea posible, por eso solo no puede, sin embargo, tener más derecho a la existencia que una montaña dorada o un centauro.
HILAS.- Lo reconozco; empero, no negarás que es posible; y lo que es posible, en cuanto que lo sabes, puede existir realmente.
FILONÚS.- Niego que sea posible; y lo he demostrado, si no me equivoco, suficientemente, partiendo de tus propias concesiones. En el sentido corriente de la palabra materia, ¿queda implicado algo más que una sustancia extensa, sólida, con forma, móvil, que existe fuera de la mente? ¿Y no has reconocido una y otra vez que has visto razones suficientes para negar la posibilidad de tal sustancia?
HILAS.- Es verdad, pero eso solamente es un sentido de la palabra materia.
FILONÚS.- Pero, ¿no es el único sentido propio y auténtico que puede recibir? Y si se probase que la materia en ese sentido es imposible, ¿no se puede creer con suficiente fundamento que es absolutamente imposible? ¿Cómo se podría probar en otro caso que algo es imposible? ¿Y cómo podría haber prueba alguna, en una u otra forma, para un hombre que se toma la libertad de trastornar y cambiar el significado corriente de las palabras?
HILAS.- Creo que se debería permitir a los filósofos hablar con más precisión que el vulgo y que no tienen por qué estar limitados a la acepción corriente de un término.
FILONÚS.- ¡Pero si el sentido que se acaba de mencionar es el corriente entre los filósofos mismos! Para no insistir más en esto, ¿no has podido, acaso, tomar la materia en el sentido que hayas querido? ¿Y no has usado de ese privilegio del modo más amplio, cambiando unas veces completamente, y otras omitiendo o introduciendo, en la definición de ella, todo lo que a la sazón mejor te servía para tu designio, contrariando con esto todas las reglas conocidas de la razón y de la lógica? Y este método incorrecto y fluctuante, ¿no ha prolongado innecesariamente nuestra discusión, ya que se ha examinado la materia de un modo especial y según tú mismo confiesas ha quedado refutada en cada uno de esos sentidos? ¿Y se puede pedir algo más para probar la absoluta imposibilidad de una cosa, una vez que se ha probado que es imposible en cada sentido particular que tú o cualquier otro le dais?
HILAS.- Pero yo no estoy completamente convencido de que hayas probado la imposibilidad de la materia en su último sentido, el más oscuro, abstracto e indefinido.
FILONÚS.- ¿Cuándo se muestra que una cosa es imposible?
HILAS.- Cuando se demuestra que hay una repugnancia entre las ideas que comprende su definición.
FILONÚS.- Pero donde no hay ideas no se puede demostrar repugnancia alguna entre ideas.
HILAS.- Estoy de acuerdo contigo.
FILONÚS.- Ahora bien, en lo que llamas sentido oscuro e indefinido de la palabra materia está claro, según propia confesión tuya, que no va incluida en absoluto idea alguna, ni sentido alguno, excepto un sentido desconocido, lo cual equivale a ninguno. No vayas a esperar, por tanto, que pruebe una repugnancia entre ideas allí donde no hay ideas, o la imposibilidad de la materia tomada en un sentido desconocido, es decir, en ningún sentido. Mi cometido era sólo mostrar que no quieres decir nada; y esto has tenido que admitirlo. Así que, en todos tus diversos sentidos se te ha demostrado que o no quieres decir nada, o si quieres decir algo es un absurdo. Y si esto no fuese suficiente para probar la imposibilidad de una cosa, desearía que me hicieras saber qué es lo que hace falta.
HILAS.- Reconozco que has probado la imposibilidad de la materia; y no veo qué más se puede decir en defensa de ella. Pero al mismo tiempo que te concedo eso, sospecho de todas mis demás opiniones. Pues, con seguridad, nada puede parecer más aparentemente evidente que ésta lo fue; y sin embargo, ahora parece tan falsa y absurda como antes verdadera. Pero creo que hemos discutido la cuestión suficientemente por ahora. Emplearía con mucho gusto el resto del día en rumiar en mi pensamiento los diversos puntos de la conversación de esta mañana, y mañana tendré mucho gusto también en encontrarme contigo aquí, otra vez, a la misma hora.
FILONÚS.- No faltaré a la cita.


 


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