miércoles, 28 de enero de 2015

Poesia: Blanca Varela - Persona - Poema - Porque ya no eres un ángel sino un hombre solo sobre dos... - Secreto de familia - Sin fecha - Links a mas BV


Persona

el querido animal
cuyos huesos son un recuerdo
                 una señal en el aire
jamás tuvo sombra ni lugar

desde la cabeza de un alfiler
         pensaba
él era el brillo ínfimo
el grano de tierra sobre el grano
                  de tierra
el autoeclipse

el querido animal
jamás cesa de pasar
          me da la vuelta




Poema

Hoy estás en los brazos
de mi feroz imaginación
brazos que han matado
brazos con que tapo mis ojos
con un gesto de lobo
para buscarte un hogar
un lento y suave infierno
donde todo calor
provenga
de una furtiva lágrima
oh líquido mundillo
oh jadeante fantasma
no eres
sino el ojo que estalla
y que deja caer
como si no ocurriera
sus mejores colores
en mi entraña
ojo que hociquea
que peino con la más pura saliva
aquí en mis brazos
entre mis torpes alas de mamífero
la muy compuesta y perdurable nada
para siempre te guarde
y el buen mal ojo salta
y se eleva en el oscuro cielo de mi lecho
y ese cielo
es el marco impreciso de una frente
que ya no reconozco
esa sombra ese objeto esa cosa
con boca con nariz y con oídos




Porque ya no eres un ángel sino un hombre solo sobre dos...

Porque ya no eres un ángel sino un hombre solo sobre dos
       pies cansados sobre esta tierra que gira y es terriblemente
       joven todas las mañanas.
Porque sólo tú sabes que hay música, jadeos, incendios,
       máquinas que escupen verdades y mentiras a los cuatro
       vientos, vientos que te empujan al otro lado, a tu hueco
       en el vacío, a la informe felicidad del ojo ciego, del oído
       sordo, de la muda lengua, del muñón angélico.
Porque tú gusano, ave, simio, viajero, lo único que no sabes
es morir ni creer en la muerte, ni aceptar que eres tú
mismo tu vientre turbio y caliente, tu lengua colorada,
tus lágrimas y esa música loca que se escapa de tu oreja
desgarrada.



Secreto de familia

soñé con un perro
con un perro desollado
cantaba su cuerpo su cuerpo rojo silbaba
pregunté al otro
al que apaga la luz al carnicero
qué ha sucedido
por qué estamos a oscuras

es un sueño estás sola
no hay otro
la luz no existe
tú eres el perro tú eres la flor que ladra
afila dulcemente tu lengua
tu dulce negra lengua de cuatro patas

la piel del hombre se quema con el sueño
arde desaparece la piel humana
sólo la roja pulpa del can es limpia
la verdadera luz habita su legaña
tú eres el perro
tú eres el desollado can de cada noche
sueña contigo misma y basta




Sin fecha 

                a Kafka

Suficientes razones, suficientes razones para colocar primero
         un pie y luego otro.
Bajo ellos, no más grande que ellos ni más pequeña, la
         inevitable sombra que se adelanta y voltea la esquina, a
         tientas.
Suficientes razones, suficientes razones para desandar,
         descaer, desvolar.
Suficientes razones para mirar por la ventana. Para observar
la mano que cuenta a oscuras los dedos de otra mano.

Poderosas razones para antes y después. Poderosas razones
          durante.
La hoja de afeitar enmohecida es el límite.
Lasciate ogni speranza voi ch'entrate.
No se retorna de ningún lugar. Y la regla torcida lo confirma
          sobre el aire totalmente recto, como un cadáver.
Y hay otras.
Palidez, sobresalto, algo de náusea.
Misterioso, obsceno chasquido del vientre que canta lo que
          no sabe.
La luz a pleno cuerpo, como un portazo. Adentro y afuera.
          No se sabe dónde.
Y las demás. ¿Existen?

Infinitas para la duda, evidentes para la sospecha.
Dejarse arrastrar contra la corriente, como un perro.
Aprender a caminar sobre la viga podrida.
En la punta de los pies. Sobre la propia sombra.
No más grande que ellos ni más pequeña.

Uno, dos, uno, dos, uno, dos, uno.
Uno atrás, otro adelante.
Contra la pared, boca abajo, en un rincón.
Temblando, con un lívido resplandor bajo los pies, no más
           grande que ellos ni más pequeño.
Tal vez, tal vez la estancada eternidad que algún alma
           inocente confunde con su propio excremento.

Malolientes razones en la boca del túnel.
Y a la salida.
A la postre tantas razones como cuellos existen.

Defenderse del incendio con un hacha. Del demonio con
            un hacha, de dios con un hacha.
Del espíritu y la carne con un hacha.

No habrá testigos.
Se nos ha advertido que el cielo es mudo.

A la más se escribirá, se borrará. Será olvidado.
Y ya no existirán razones suficientes para volver a colocar
             un pie y luego el otro.
No obstante, bajo ellos, no más grande que ellos ni más
             pequeña, la inevitable sombra se adelantará.
Y volteará la misma esquina. A tientas.

 



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