viernes, 27 de febrero de 2015

Filosofia: Cioran - Breviario de podredumbre - Parte 19 - Desde Las fechorias del valor y del miedo a Maldicion diurna - Links a mas Filosofia





 Las fechorías del valor y del miedo

 Tener miedo es pensar continuamente en sí mismo y no poder imaginar un curso objetivo de las cosas. La sensación de lo terrible, la sensación de que todo ocurre contra uno, supone un mundo concebido sin peligros indiferentes. El miedoso  víctima de una subjetividad exagerada  se cree, en mayor medida que el resto de los humanos, el blanco de acontecimientos hostiles. En este error se aproxima al valiente, que en las antípodas no vislumbra por todas partes más que invulnerabilidad. Los dos han alcanzado el punto álgido de una conciencia infatuada de sí misma: contra el uno, todo conspira; para el otro, todo es favorable. (El valeroso no es sino un fanfarrón que abraza la amenaza, que huye hacia el peligro.) El uno se instala negativamente en el centro del mundo, el otro positivamente; pero su ilusión es la misma, pues su conocimiento tiene un punto de partida idéntico: el precio claro con respecto a las cosas, lo refieren todo a ellos, están demasiado agitados (y todo el mal en el mundo viene de un exceso de agitación, de las ficciones dinámicas de la bravura y la cobardía). Así, esos ejemplares antinómicos y parejos son los agentes de todos los disturbios, los perturbadores de la marcha del tiempo; colorean afectivamente el menor esbozo de suceso y proyectan sus designios enfebrecidos sobre un universo que  a menos de un abandono a tranquilos ascos  es degradante e intolerable. Valor y miedo, dos polos de una misma enfermedad consistente en conceder abusivamente un significado y una gravedad a la vida... Es la falta de amargura perezosa la que hace de los hombres bestias sectarias: los crímenes más matizados tanto como los más groseros son perpetrados por los que se toman las cosas en serio. Sólo el dilettante no tiene gusto por la sangre, sólo él no es criminal...





 Desembriagamiento

 Las preocupaciones no misteriosas de los seres se dibujan tan claramente como el contorno de esta página... ¿Qué inscribir ahí sino el asco de las generaciones que se encadenan como proposiciones en la fatalidad estéril de un silogismo?
 La aventura humana tendrá ciertamente un término, que puede concebirse sin ser contemporáneo de él. Cuando se ha consumado en uno mismo el divorcio con la historia es enteramente superfluo asistir a su clausura. No hay más que mirar al hombre cara a cara para apartarse de ella y no echar de menos sus supercherías. Millares de años de sufrimientos, que hubieran enternecido a las piedras, no hicieron más que insensibilizar a este efímero de acero, ejemplo monstruoso de evanescencia y de endurecimiento, agitado por una locura insípida, por una voluntad de existir inaprehensible e impúdica juntamente. Cuando uno se apercibe de que ningún motivo humano es compatible con el infinito y que ningún gesto vale la pena de ser esbozado, el corazón, con sus latidos, no puede ocultar ya su vacuidad. Los hombres se confunden en un azar uniforme y vano como sucede, para una mirada indiferente, con los astros o las cruces de un cementerio militar. De todos los fines propuestos a la existencia, ¿cuál, sometido al análisis, escapa al sainete o al depósito de cadáveres? ¿Cuál no se nos revela fútil o siniestro? ¿Hay algún sortilegio que pueda engañarnos todavía?

 (Cuando se está excluido de las prescripciones visibles se hace uno, como el diablo, metafísicamente ilegal; se ha salido del orden del mundo: al no encontrar ya lugar en él, se le mira sin reconocerle; la estupefacción se regulariza en reflejo, mientras que el asombro plañidero, falto de objeto, permanece por siempre clavado en el Vacío. Se padecen sensaciones que no responden ya a las cosas porque nada las irrita ya; se supera así el sueño mismo del ángel de la melancolía y se lamenta que Durero no haya languidecido por ojos aún más lejanos...
 Cuando todo parece demasiado concreto, demasiado existente, hasta la más noble visión y se suspira por algo Indefinido que no proviniese ni de la vida ni de la muerte, cuando todo contacto con el ser es una violación para el alma, ésta se excluye de la jurisdicción universal y no teniendo ya que dar cuentas ni que infringir leyes, rivaliza  por la tristeza  con la omnipotencia divina.)





 Itinerario del odio

 No odio a nadie; pero el odio ennegrece mi sangre y quema esta piel que los años fueron incapaces de curtir. ¿Cómo domar, bajo juicios tiernos o rigurosos, una espeluznante tristeza y un grito de despellejado?
 Quise amar la tierra y el cielo, sus hazañas y sus fiebres, y no encontré nada que no me recordase la muerte: ¡flores, astros, rostros, símbolos de marchitamiento, losas virtuales de todas las tumbas posibles! Lo que se crea en la vida, y la ennoblece, se encamina hacia un fin macabro o vulgar. La efervescencia de los corazones ha provocado desastres que ningún demonio se hubiera atrevido a concebir. En cuanto veáis un espíritu inflamado, podéis estar seguros de que acabaréis por ser víctimas suyas. Los que creen en su verdad  los únicos de los que la memoria de los hombres guarda huella  dejan tras ellos el suelo sembrado de cadáveres. Las religiones cuentan en su balance más crímenes de los que tienen en su activo las más sangrientas tiranías y aquellos a quien la humanidad ha divinizado superan de lejos a los asesinos más concienzudos en su sed de sangre.
 El que propone una fe nueva es perseguido, en espera de que llegue a ser a su vez perseguidor: las verdades empiezan por un conflicto con la policía y terminan por apoyarse en ella; pues todo absurdo por el que se ha sufrido degenera en legalidad, como todo martirio desemboca en los párrafos de un código, en la sosera del calendario o en la nomenclatura de las calles. En este mundo, hasta el mismo cielo llega a ser autoridad; y se han visto períodos que sólo vivieron para él, Medievos más pródigos en guerras que las épocas más disolutas, cruzadas bestiales, falsamente teñidas de sublimidad, ante las cuales las invasiones de los hunos parecen travesuras de hordas decadentes.
 Las hazañas inmaculadas se degradan en empresa pública; la consagración oscurece el nimbo más aéreo. Un ángel protegido por un guardia civil: así mueren las verdades y expiran los entusiasmos. Basta que una revuelta tenga razón y que cree entusiastas, que una revelación se propague y una institución la confisque para que los estremecimientos otrora solitarios  caídos en suerte a unos cuantos neófitos pensativos  se emporquen en una existencia prostituida. Que se me señale en este mundo una sola cosa que comenzase bien y que no haya acabado mal. Las palpitaciones más orgullosas se hunden en una alcantarilla, donde dejan de latir, como llegadas a su término natural: esta decadencia constituye el drama del corazón y el sentido negativo de la historia. Cada «ideal» alimentado, en los comienzos, con sangre de sus sectarios se aja y se desvanece cuando lo adopta la masa. He ahí la pila de agua bendita transformada en escupidera: es el ritmo ineluctable del «progreso»...
 En estas condiciones, ¿sobre quién volcar el odio? Nadie es responsable de ser y aún menos de ser lo que es. Aquejado de existencia, cada uno sufre como un animal las consecuencias que de ello se derivan. Así es como en un mundo en el que todo es odioso, el odio llega a ser más vasto que el mundo y por haber superado su objeto, se anula.

 (No son las fatigas sospechosas, ni los trastornos precisos de los órganos los que nos revelan el punto bajo de nuestra vitalidad; no son tampoco nuestras perplejidades o las variaciones del termómetro; pero nos basta con sentir esos accesos de odio y de piedad sin motivos, esas fiebres no mensurables, para comprender que nuestro equilibrio está amenazado. Odiarlo todo y odiarse en un desenfreno de rabia caníbal; tener piedad de todo el mundo y apiadarse de uno mismo: movimientos en apariencia contradictorios, pero originariamente idénticos; pues no es posible apiadarse más que sobre lo que se quisiera hacer desaparecer, sobre lo que no merece existir. Y en estas convulsiones, el que las sufre y el universo al que se dirigen están abocados al mismo furor destructivo y enternecido. Cuando, súbitamente, uno es presa de compasión sin saber por quién, es que una laxitud de los órganos presagia un deslizamiento peligroso; y cuando esta compasión vaga y universal se vuelve hacia uno mismo, se está en la condición del último de los hombres. Es de una inmensa debilidad física de la que emana esta solidaridad negativa que, en el odio o la piedad, nos une a las cosas. Estos dos accesos, simultáneos o consecutivos, no son tanto síntomas inciertos como signos claros de una vitalidad en baja y a la que todo irrita, desde la existencia sin delineamiento hasta la precisión de nuestra propia persona.
 Sin embargo, no debemos engañarnos: estos accesos son los más claros y los más inmoderados, pero en modo alguno los únicos: en diversos grados, todo es patología, salvo la Indiferencia.)





 «La perduta gente»

 ¡Qué idea tan ridícula, construir círculos en el infierno, variar por compartimentos la intensidad de las llamas y jerarquizar los tormentos! Lo importante es estar allí: el resto, simples florituras o... quemaduras. En la ciudad de arriba  prefiguración más dulce de la de abajo, cortadas ambas por el mismo patrón , lo esencial, igualmente, no es ser algo en concreto  rey, burgués, jornalero , sino adherirse o sustraerse a ella. Podéis sostener tal idea o tal otra, tener una posición o arrastraros; pero, desde el momento en que vuestros actos y vuestros pensamientos sirven a una especie de ciudad real o soñada, sois idólatras y prisioneros. El más tímido empleado como el anarquista más fogoso, llevados por intereses diferentes, viven en función de ella: son los dos interiormente ciudadanos, aunque el uno prefiera sus zapatillas y el otro su bomba. Los «círculos» de la ciudad terrestre, igual que los de la ciudad subterránea, encierran a los seres en una comunidad condenada y les arrastran a un mismo desfile de sufrimientos en el que sería ocioso buscar matices. Quien da su aquiescencia a los asuntos humanos  bajo cualquier forma, sea revolucionaria o conservadora  se consume en una delectación lamentable: mezcla sus noblezas y sus debilidades en la confusión del devenir...
 Al que no consiente, de este lado o del otro de la ciudad; a quien le repugna intervenir en el curso de los grandes y de los pequeños sucesos, todas las modalidades de la vida en común le parecen igualmente despreciables. La historia no sabría presentar a sus ojos más que interés pálido de decepciones renovadas y de artificios previstos. Quien ha vivido entre los hombres y acecha todavía un solo acontecimiento inesperado, ése no ha comprendido nada y nunca comprenderá nada. Está maduro para la Ciudad: todo debe serle ofrecido, todos los puestos y todos los honores. Tal es el caso de todos los hombres y eso explica la longevidad de este infierno sublunar.





 Historia y verbo

 ¿Cómo no amar la sabiduría otoñal de las civilizaciones blandas y pasadas? El horror del griego, como del romano tardío, ante la frescura y los reflejos hiperbóreos, emanaba de una repulsión por las auroras, por la barbarie desbordante de porvenir y por las tonterías de la salud. La resplandeciente corrupción de todo fin de temporada histórico se ensombrece por la proximidad del escita. Ninguna civilización logra apagarse en una agonía indefinida; alrededor merodean tribus, olfateando los efluvios de los cadáveres perfumados... Así, el entusiasta de los ponientes contempla el fracaso de todo refinamiento y el impúdico avance de la vitalidad. Sólo le queda por recoger, del conjunto del devenir, unas cuantas anécdotas... Un sistema de acontecimientos no prueba nada: las grandes hazañas han unido los cuentos de hadas y los manuales. Las empresas gloriosas del pasado; así como los hombres que las suscitaron, ya no interesan más que por las bonitas palabras que las coronaron. ¡Pobre del conquistador que no tenga ingenio! El mismo Jesús, aun siendo dictador indirecto desde hace dos milenios, no ha marcado el recuerdo de sus fieles y de sus detractores más que por los retazos de paradojas que jalonan su vida tan hábilmente escénica. ¿Cómo interesarse aún por un mártir si no profirió una frase adecuada a su sufrimiento? Sólo guardamos memoria de las víctimas pasadas o recientes si su verbo ha inmortalizado la sangre que les salpicó. Incluso los mismos verdugos no sobreviven más que en la medida en que fueron comediantes: Nerón hubiera sido olvidado hace mucho sin sus salidas de payaso sanguinario.
 Cuando junto a un moribundo sus semejantes se inclinan hacia sus balbuceos, no es tanto para descifrar una última voluntad, sino más bien para recoger una frase ingeniosa que poder citar más tarde a fin de honrar su memoria. Si los historiadores romanos no omiten jamás describir la agonía de sus emperadores, es para poner en ella una sentencia o una exclamación que éstos pronunciaron o se reputa que pronunciaron. Esto es cierto para todas las agonías, incluso las más comunes. Que la vida no significa nada, todo el mundo lo sabe o lo presiente: ¡que se salve al menos por un giro verbal! Una frase en los momentos cruciales de la vida: he aquí poco más o menos todo lo que se pide a los grandes y a los pequeños. Si faltan a esta exigencia, a esta obligación, están perdidos para siempre; pues se perdona todo, hasta los crímenes, a condición de que estén exquisitamente comentados y acabados. Es la absolución que el hombre concede a la historia en su conjunto, cuando ningún otro criterio se muestra operante y válido, y él mismo, recapitulando la inanidad general, no se encuentra otra dignidad que la de un literato del fracaso y un esteta de la sangre.
 En este mundo, donde los sufrimientos se confunden y borran, sólo reina la Fórmula.




Filosofía y prostitución

 El filósofo, de vuelta de los sistemas y las supersticiones, pero perseverante aún en los caminos del mundo, debería imitar el pirronismo de acera del que hace gala la criatura menos dogmática: la mujer pública. Desprendida de todo y abierta a todo; compartiendo el humor y las ideas del cliente; cambiando de tono y de rostro en cada ocasión; dispuesta a ser triste o alegre, permaneciendo indiferente; prodigando los suspiros por interés comercial; lanzando sobre los esfuerzos de su vecino superpuesto y sincero una mirada lúcida y falsa, propone al espíritu un modelo de comportamiento que rivaliza con el de los sabios. Carecer de convicciones respecto a los hombres y a uno mismo: tal es la elevada enseñanza de la prostitución, academia ambulante de lucidez, al margen de la sociedad, como la filosofía. «Todo lo que sé lo he aprendido en la escuela de las fulanas», debería exclamar el pensador que lo acepta todo y lo niega todo; cuando, a ejemplo suyo, se ha especializado en la sonrisa fatigada, cuando los hombres no son para él sino clientes, y las aceras del mundo, el mercado donde vende su amargura, como sus compañeras su cuerpo.





 Obsesión de lo esencial

 Cuando toda interrogación parece accidental y periférica, cuando el espíritu busca problemas más y más vastos, sucede que en su avance no tropieza ya con ningún objeto, sino con el obstáculo difuso del vacío. Desde ese punto, el impulso filosófico, exclusivamente vuelto hacia lo inaccesible, se expone a la quiebra. Cuando examina las cosas y los pretextos temporales, se impone preocupaciones saludables; pero si inquiere por un principio más y más general, se pierde y se anula en la vaguedad de lo Esencial.
 Sólo prosperan en filosofía los que se detienen a propósito; los que aceptan la limitación y el confort de un estadio razonable de inquietud. Todo problema, si se toca el fondo, lleva a la bancarrota y deja el intelecto al descubierto: no hay ya ni preguntas ni respuestas en un espacio sin horizontes. Las interrogaciones se vuelven contra el espíritu que las concibió: se convierte en víctima suya. Todo le es hostil: su propia soledad, su propia audacia, el absoluto opaco, los dioses inverificables y la nada manifiesta: ¡Malhaya quien, llegado a un cierto momento de lo esencial, no hace alto! La historia muestra que los pensadores que subieron hasta el final por la escala de las preguntas, que pusieron el pie en el último escalón, el del absurdo, no han legado a la posteridad más que un ejemplo de esterilidad, mientras que sus colegas, que se pararon a medio camino, han fecundado el curso del espíritu; han servido a sus semejantes, les han transmitido algún ídolo bien trabajado, algunas supersticiones corteses, algunos errores disfrazados de principios y un sistema de esperanzas. Si hubieran abrazado los peligros de un progreso excesivo, ese desdén de los errores caritativos les hubiera vuelto nocivos para los otros y para sí mismos; hubieran escrito su nombre en los confines del universo y del pensamiento, investigadores malsanos y réprobos áridos, gustadores de vértigos infructuosos, buscadores de sueños que no es lícito soñar...
 Las ideas refractarias a lo Esencial son las únicas que tienen mordiente sobre los hombres. ¿Qué podrían hacer en una región del pensamiento donde periclita incluso quien aspira a instalarse en ella por inclinación natural o sed mórbida? No se puede respirar en un dominio ajeno a las dudas habituales. Y si ciertos espíritus se sitúan fuera de los interrogantes convenidos, es que un instinto enraizado en las profundidades de la materia o un vicio producido por una enfermedad cósmica, ha tomado posesión de ellos y les ha llevado a un orden de reflexiones tan exigente y tan vasto, que la misma muerte les parece sin importancia, los elementos del destino, soserías y el aparato de la metafísica, utilitario y sospechoso. Esta obsesión de una frontera última, este progreso en el vacío conllevan la forma más peligrosa de esterilidad al lado de la cual la nada parece una promesa de fecundidad. El que es difícil en lo que hace  en su tarea o en su aventura  no tiene más que trasplantar su exigencia de lo acabado al plano universal para no poder acabar su obra ni su vida.
 La angustia metafísica se origina en la condición de un artesano supremamente escrupuloso, cuyo objeto no fuera otro que el ser. A fuerza de análisis llega a la imposibilidad de componer, de rematar una miniatura del universo. El artista que abandona su poema, exasperado por la indigencia de las palabras, prefigura el malestar del espíritu descontento en el conjunto de lo existente. La incapacidad de aliñar los elementos  tan desnudos de sentido y de sabor como las palabras que los expresan  lleva a la revelación del vacío. Por eso el versificador se retira al silencio o a los artificios impenetrables. Ante el universo, el espíritu demasiado exigente sufre una derrota semejante a la de Mallarmé frente al arte. Se trata del pánico ante un objeto que ya no es objeto, que ya no es posible manejar, pues  idealmente  se han rebasado sus límites. Los que no permanecen en el interior de la realidad que cultivan, los que trascienden el oficio de existir deben o pactar con lo inesencial, dar marcha atrás e integrarse en la eterna farsa, o aceptar todas las consecuencias de una condición separada y que es sobreabundancia o tragedia, según que se la mire o que se la padezca.





Dichosos los epígonos

 ¿Hay delectación más sutilmente equívoca que asistir a la ruina de un mito? ¡Qué derroche de corazones para hacerlo nacer, qué excesos de intolerancia para hacerlo respetar, qué terror para los que no consienten y qué despilfarro de esperanzas para verle... expirar! La inteligencia sólo florece en las épocas en que las creencias se ajan, en las que sus artículos y sus preceptos se relajan, en las que sus reglas se hacen más flexibles. Todo fin de época es un paraíso para el espíritu, que no recupera su juego y sus caprichos más que en medio de un organismo en plena disolución. Quien tiene la desgracia de pertenecer a un período de creación y de fecundidad sufre sus limitaciones y su encarrilamiento; esclavo de una visión unilateral, está encerrado en un horizonte limitado. Los momentos históricos más fértiles fueron al mismo tiempo los más irrespirables; se imponían como una fatalidad, feliz para un espíritu ingenuo, mortal para un amante de los espacios intelectuales. La libertad sólo tiene amplitud entre los epígonos desengañados y estériles, entre las inteligencias de las épocas tardías, épocas cuyo estilo se desagrega y no inspira más que una complacencia irónica.
 Formar parte de una iglesia incierta de su dios  después de haberlo impuesto antaño a sangre y fuego  debería ser el ideal de todo espíritu liberado. Cuando un mito se hace languideciente y diáfano, y la institución que le sustenta, clemente y comprehensiva, los problemas adquieren una elasticidad agradable. El punto de desfallecimiento de una fe, el grado disminuido de su vigor, instalan un vacío tierno en las almas y las hacen receptivas, pero sin permitirlas cegarse aun ante las supersticiones que acechan y ensombrecen el porvenir. Sólo acunan al espíritu esas agonías de la historia que preceden a la insania de toda aurora...





Ultima osadía

 Si es cierto que Nerón exclamó: «Feliz Príamo, que viste la ruina de tu patria», reconozcámosle el mérito de haber alcanzado el más sublime desafío, la última hipóstasis del ademán hermoso y del énfasis lúgubre. Después de tal frase, tan maravillosamente apropiada en boca de un emperador, ya se tiene derecho a la banalidad; incluso se está obligado. ¿Quién podría aún aspirar a la extravagancia? Los mínimos accidentes de nuestra trivialidad nos fuerzan a admirar a ese César cruel e histrión (y esto tanto más porque su demencia ha conocido una gloria mayor que los suspiros de sus víctimas, pues la historia escrita es tan inhumana al menos como los acontecimientos que la suscitan). Todas las actitudes al lado de las suyas parecen remedos. Y si fuera cierto que hizo incendiar Roma por amor a la Iliada, ¿hubo nunca homenaje más sensible a una obra de arte? Es en todo caso el único ejemplo de crítica literaria en marcha, de un juicio estético activo.
 El efecto que un libro ejerce sobre nosotros no es real más que si experimentamos el deseo de imitar su intriga, de matar si el héroe mata, de estar celoso si está celoso, de estar enfermo o moribundo si él sufre o se muere. Pero todo eso, para nosotros, permanece en estado virtual o se degrada a letra muerta; sólo Nerón se ofrece la literatura como espectáculo; sus reseñas las hace con las cenizas de sus contemporáneos y de su capital...
 Tales palabras y tales actos debían ser al menos una vez proferidas y realizados. Un infame se encargó de ello. Esto puede consolarnos, debe incluso pues, si no, ¿cómo reanudaríamos nuestro ajetreo cotidiano y nuestras verdades hábiles y prudentes?





Efigie del fracasado

 Todo acto le horroriza y se repite a sí mismo: «¡El movimiento, menuda tontería!» No son tanto los acontecimientos lo que le irrita, sino la idea de tomar parte en ellos; sólo se agita para apartarse de ellos. Sus sarcasmos han devastado la vida antes de que agotase su savia. Es un Eclesiastés de la encrucijada, que extrae de la universal insignificancia una excusa para sus derrotas. Deseoso de encontrarlo todo sin importancia, lo logra fácilmente, pues toda la multitud de las evidencias está ampliamente de su lado. En la batalla de los argumentos vence siempre, del mismo modo que es siempre vencido en la acción: tiene «razón», lo rechaza todo y todo le rechaza. Ha comprendido prematuramente lo que no se debe comprender para vivir y como su talento era demasiado lúcido respecto a sus propias funciones, lo ha desperdiciado por miedo a que fluyese en la bobería de una obra. Lleva la imagen de lo que hubiera podido ser como un estigma o una aureola, enrojece y se congratula de la excelencia de su esterilidad, por siempre extraño a las seducciones ingenuas, único liberto entre los ilotas del Tiempo. Extrae su libertad de la inmensidad de sus incumplimientos; es un dios infinito y lastimoso a quien ninguna creación limita, a quien ninguna criatura adora, y a quien nadie disculpa. El desprecio que derramó sobre los otros le es devuelto por éstos. Sólo expía los actos que no ha efectuado, cuyo número excede sin embargo el cálculo de su orgullo dolorido. Pero finalmente, a guisa de consolación, y al término de una vida sin títulos, lleva su inutilidad como una corona.

 («¿Para qué?», adagio del Fracasado, de un simpatizante de la muerte... ¡Qué estimulante, cuando se comienza a sufrir un acoso! Pues la muerte, antes de que hagamos excesivo hincapié en ella, nos enriquece, y nuestras fuerzas se acrecientan a su contacto; después, ejerce sobre nosotros su obra de destrucción. La evidencia de la inutilidad de todo esfuerzo, y esa sensación de cadáver futuro erigiéndose ya en el presente y llenando el horizonte del tiempo, acaban por embotar nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestros músculos, de tal suerte que el aumento de impulso suscitado por la recentísima obsesión se convierte, una vez implantada irrevocablemente en el espíritu, en un estancamiento de nuestra vitalidad. Así esta obsesión nos incita a llegar a serlo todo y nada. Normalmente, debería ponernos ante la única elección posible: el convento o el cabaret. Pero cuando no podemos huir de ella ni por la eternidad ni por los placeres, cuando, hostigados en medio de la vida, estamos igualmente lejanos del cielo y de la vulgaridad, nos transforma en esa especie de héroes descompuestos que lo prometen todo y no cumplen nada: ociosos desriñonándose en el Vacío; carroñas verticales, cuya única actividad se reduce a pensar que dejarán de ser...)

 Condiciones de la tragedia

 Si Jesús hubiera acabado su carrera en la cruz y no se hubiera comprometido a resucitar, ¡qué hermoso héroe de tragedia hubiese sido! Su vertiente divina ha hecho perder a la literatura un tema admirable. Comparte así la suerte, estéticamente mediocre, de todos los justos. Como todo lo que se perpetúa en el corazón de los hombres, como todo lo que se expone al culto y no muere irremediablemente, no se presta nada a esa visión de un fin total que marca un destino trágico. Para eso hubiese hecho falta que nadie le siguiese y que la transfiguración no viniese a elevarle a una ilícita aureola. ¡Nada más extraño a la tragedia que la idea de redención, salvación e inmortalidad! El héroe sucumbe bajo sus propios actos, sin que le sea dado escamotear su muerte por una gracia sobrenatural; no se prolonga  en tanto que existencia  de ningún modo, permanece distinto en la memoria de los hombres como un espectáculo de sufrimiento; al no tener discípulos, su destino infructuoso no fecunda nada salvo la imaginación de los otros. Macbeth se desploma sin esperanza de rescate: no hay extremaunción en la tragedia...
 Lo propio de una fe, aunque deba fracasar, es eludir lo irreparable. (¿Qué hubiera podido hacer Shakespeare por un mártir?) El verdadero héroe combate y muere en nombre de su destino, no en nombre de una creencia. Su existencia elimina toda idea de escapatoria; los caminos que no le llevan a la muerte le resultan callejones sin salida; trabaja en su «biografía», cuida su desenlace y hace todo lo posible, instintivamente, para componerse acontecimientos funestos. Puesto que la fatalidad es su savia, cualquier escapatoria no podría ser más que una infidelidad a su perdición. Por eso el hombre del destino no se convierte nunca a ninguna creencia, fuera la que fuese; equivocaría su fin. Y si estuviese inmovilizado sobre la cruz, no sería él quien levantase los ojos hacia el cielo: su propia historia es su único absoluto, como su voluntad de tragedia su único deseo...

 La mentira inmanente

 Vivir significa: creer y esperar, mentir y mentirse. Por eso la imagen más verídica que se ha creado nunca del hombre sigue siendo la del caballero de la Triste Figura, ese caballero que se encuentra incluso en el sabio más cumplido. El episodio penoso en torno a la Cruz o ese otro más majestuoso coronado por el Nirvana participan de la misma irrealidad, aunque se les haya reconocido una calidad simbólica que fue rehusada después a las aventuras del pobre hidalgo. No todos los hombres pueden tener éxito: la fecundidad de sus mentiras varía... Tal engaño triunfa: resulta una rebelión, una doctrina o un mito y una muchedumbre de fieles; tal otro fracasa: no es entonces más que una divagación, una teoría o una ficción. Sólo las cosas inertes no añaden nada a lo que son: una piedra no miente: no interesa a nadie, mientras que la vida inventa sin cesar: la vida es la novela de la materia.
 Polvo prendado de fantasmas, tal es el hombre: su imagen absoluta, de parecido ideal, se encarnaría en un Don Quijote visto por Esquilo...

 (Si en la jerarquía de las mentiras la vida ocupa el primer puesto, el amor le sucede inmediatamente, mentira en la mentira. Expresión de nuestra posición híbrida, se rodea de un aparato de beatitudes y de tormentos gracias al cual encontramos en otro un sustituto de nosotros mismos. ¿Merced a qué superchería dos ojos nos apartan de nuestra soledad? ¿Hay quiebra más humillante para el espíritu? El amor adormece el conocimiento; el conocimiento despierto mata al amor. La irrealidad no puede triunfar indefinidamente, ni siquiera disfrazada con la apariencia de la más exaltante mentira. Y por otra parte, ¿quién tendría una ilusión tan firme como para encontrar en otro lo que ha buscado vanamente en sí mismo? «Un retortijón de tripas nos dará lo que el universo entero no ha sabido ofrecernos? Y, sin embargo, ese es el fundamento de esta anomalía corriente y sobrenatural: resolver entre dos  o más bien, suspender  todos los enigmas; a favor de una impostura, olvidar esta ficción en que flota la vida; con un doble arrullo llenar la vacuidad general; y  parodia del éxtasis , ahogarse, finalmente, en el sudor de un cómplice cualquiera...)

 El advenimiento de la conciencia

 ¡Cuánto debieron embotarse nuestros instintos y flexibilizarse su funcionamiento antes de que la conciencia extendiese su control sobre el conjunto de nuestros actos y nuestros pensamientos! La primera reacción natural refrenada comportó todos los aplazamientos de la actividad vital, todos nuestros fracasos en lo inmediato. El hombre  animal de deseos retardados  es una nada lúcida que lo engloba todo y no es englobado por nada, que vigila todos los objetos y no dispone de ninguno.
 Comparados con la aparición de la conciencia, los demás acontecimientos son de una importancia mínima o nula. Pero esta aparición, en contradicción con los datos de la vida, constituye una irrupción peligrosa en el seno del mundo animado, un escándalo en la biología. Nada lo hacía prever: el automatismo natural no sugería la eventualidad de un animal que se lanzase más allá de la materia. Un gorila que perdió sus pelos y los reemplazó por ideales, un gorila con guantes, forjador de dioses, agravando sus muecas y adorando al cielo, ¡cuánto debió sufrir la naturaleza, cuánto sufrirá todavía, ante semejante caída! Es que la conciencia lleva lejos y lo permite todo. Para el animal, la vida es un absoluto; para el hombre, es un absoluto y un pretexto. En la evolución del universo, no hay fenómeno más importante que esta posibilidad que nos fue reservada de convertir todos los objetos en pretextos, de jugar con nuestras empresas cotidianas y nuestros fines últimos, de poner en el mismo plano, por la divinidad del capricho, un dios y una escoba.
 Y el hombre no se desembarazará de sus ancestros  y de la naturaleza  más que cuando haya liquidado en él todos los vestigios de lo Incondicionado, cuando su vida y la de los otros le parezcan unos títeres de cuyos hilos tirará para reírse, una diversión de fin de los tiempos. Será entonces el ser puro. La conciencia habrá cumplido su papel...





 La arrogancia de la oración

 Cuando se llega al límite del monólogo, a los confines de la soledad, se inventa  a falta de un interlocutor  a Dios, pretexto supremo del diálogo. Mientras Le nombras, tu demencia está bien disfrazada y... todo te está permitido. El verdadero creyente apenas se distingue del loco; pero su locura es legal, admitida; acabaría en un asilo si sus aberraciones estuviesen horras de toda fe. Pero Dios las cubre, las hace legítimas. El orgullo de un conquistador palidece junto a la ostentación del devoto que se dirige al Creador. ¿Cómo se puede ser tan atrevido? Y ¿cómo podría ser la modestia una virtud de los templos, cuando una vieja decrépita que se imagina el Infinito a su alcance, se eleva por la oración a un nivel de audacia al que ningún tirano aspiró nunca?
 Sacrificaría el imperio del mundo por un solo momento en el que mis manos juntas implorasen al gran responsable de nuestros enigmas y nuestras banalidades. Empero ese momento constituye la calidad corriente  y a modo de tiempo oficial  de cualquier creyente. Pero quien es verdaderamente modesto se repite a sí mismo: «demasiado humilde para rezar, demasiado inerte para franquear el umbral de una iglesia, me resigno a mi sombra y no quiero una capitulación de Dios ante mis oraciones». Y a los que le proponen la inmortalidad, les responde: «Mi orgullo no es inagotable: sus recursos son limitados. Vosotros pensáis, en nombre de la fe, vencer vuestro yo; en realidad, deseáis perpetuarlo en la eternidad, pues no os basta esta duración presente. Vuestra soberbia excede en refinamiento todas las ambiciones del siglo. ¿Qué sueño de gloria, comparado con el vuestro, no se revela engaño y humo? Vuestra fe no es más que un delirio de grandeza tolerado por la comunidad, gracias a que utiliza caminos camuflados; pero vuestro polvo es vuestra única obsesión: golosos de lo intemporal, perseguís al tiempo que lo dispersa. Sólo el más allá es lo bastante espacioso para vuestras apetencias; la tierra y sus instantes os parecen demasiado frágiles. La megalomanía de los conventos supera todo lo que jamás imaginaron las fiebres suntuosas de los palacios. Quien no consiente su nada, es un enfermo mental. Y el creyente, entre todos, es el menos dispuesto a consentir. La voluntad de durar, llevada hasta tal punto, me espanta. Me niego a la seducción malsana de un Yo indefinido. Quiero revolcarme en mi mortalidad. Quiero seguir siendo normal.»

 (Señor, dame la facultad de no rezar jamás, librarme de la insania de toda adoración, aleja de mí esa tentación de amor que me entregaría para siempre a Ti. ¡Que el vacío se extienda entre mi corazón y el cielo! No deseo ver mis desiertos poblados con Tu presencia, mis noches tiranizadas con Tu luz, mis Siberias fundidas bajo Tu sol. Más solitario que Tú, quiero mis manos puras, a diferencia de las tuyas, que se ensuciaron para siempre al modelar la tierra y al mezclarse en los asuntos del mundo. No pido a Tu estúpida omnipotencia más que respeto para mi soledad y mis tormentos. No tengo nada que hacer con tus palabras; y temo la locura que me las haría escuchar. Dispénsame el milagro recoleto de antes del primer instante, la paz que Tú no pudiste tolerar y que te incitó a labrar una brecha en la nada para inaugurar esta feria de los tiempos, y para condenar así al universo, a la humillación y la vergüenza de existir.)

 Lipemanía

 ¿Por qué no tienes la fuerza de sustraerte a la obligación de respirar? ¿Por qué aguantar todavía este aire solidificado que bloquea tus pulmones y se estrella contra tu carne? ¿Cómo vencer esas esperanzas opacas y esas ideas petrificadas, cuando, alternativamente, tú imitas la soledad de una roca, o el aislamiento de un esputo fijo en los bordes del mundo? Estás más alejado de ti mismo que de un planeta no descubierto, y tus órganos, vueltos hacia los cementerios, tienen celos de su dinamismo...
 ¿Abrirte las venas para inundar esta hoja que te irrita como te irritan las estaciones? ¡Ridícula tentativa! Tu sangre, decolorada por las noches en blanco, ha suspendido su curso... Nada despertará de nuevo en ti la sed de vivir y de morir, apagada por los años, por siempre alejada con repugnancia de esos manantiales sin murmullo ni prestigio en los que se abrevan los hombres. Aborto de labios mudos y secos, permanecerás más allá del ruido de la vida y de la muerte, incluso más allá del ruido de las lágrimas...

 (La verdadera grandeza de los santos consiste en ese poder  insuperable entre todos  de vencer el Miedo al Ridículo. Nosotros no podríamos llorar sin avergonzarnos; ellos invocan «el don de las lágrimas». Una preocupación de honorabilidad en nuestras «sequedades» nos inmoviliza como espectadores de nuestro infinito amargo y comprimido, de nuestros anegamientos que no suceden. Sin embargo, la función de los ojos no es ver, sino llorar; y para ver realmente hay que cerrarlos: es la condición del éxtasis, de la única visión reveladora, mientras que la percepción se agota en el horror de lo ya visto, de lo irreparablemente sabido desde siempre.
 Para el que ha presentido los desastres inútiles del mundo, y a quien el saber no ha traído sino la confirmación de un desencanto innato, los escrúpulos que le impiden llorar acentúan su predisposición a la tristeza. Y si está en cierta manera celoso de las hazañas de los santos, no es tanto por su asco de las apariencias o su apetito trascendente, sino más bien por su victoria sobre ese miedo del ridículo; al cual él no puede sustraerse y que le retiene más acá de la inconveniencia sobrenatural de las lágrimas.)

 Maldición diurna

 Repetirse a uno mismo mil veces por día: «Nada tiene valor aquí abajo», encontrarse eternamente en el mismo punto y girar tontamente como un trompo... Pues no hay progreso en la idea de la vanidad de todo, ni desenlace; y, por más lejos que nos arriesguemos en tal meditación, nuestro conocimiento no crece en modo alguno: es en su momento presente tan rico y tan nulo como lo era en un principio. Es un alto en lo incurable, una lepra del espíritu, una revelación por el estupor. Un simple de espíritu, un idiota, que sufriese una iluminación y que se instalase en ella sin ningún medio de salir y recuperar su condición nebulosa y confortable, tal es el estado de quien se ha enrolado, a su pesar, en la percepción de la universal futilidad. Abandonado por sus noches, presa de una claridad que le ahoga, no sabe qué hacer de ese día que ya no acaba. ¿Cuándo cesará la luz de derramar sus rayos, funestos para el recuerdo de un mundo nocturno y anterior a todo lo que fue? ¡Qué acabado está el caos, sedante y tranquilo, antes de la terrible Creación, o, más dulce aún, el caos de la nada mental!






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